LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
Restituido don Ramón Menéndez Pidal a su casa de Chamartín tras los años de la guerra civil, una de sus ocupaciones centrales fue, como también había ocurrido mientras duró aquella, la redacción de una Historia de la lengua española que, como se sabe, no llegaría a publicarse en vida suya, mas sí apareció póstumamente, hace unos años (2005), acompañada de un estudio de Diego Catalán en que puede seguirse con detalle el largo y complejo proceso de elaboración de la obra.
Aislado en el olivar de la Cuesta del Zarzal, hubo de acudir don Ramón a la correspondencia epistolar para mantener el contacto con personas a las que, antes de la guerra, había tratado casi a diario. Por ejemplo con Américo Castro, a la sazón en su exilio de Princeton. Menéndez Pidal habla de sus trabajos en las cartas que dirige al antiguo discípulo, y le cuenta las diversas interrupciones que sufre la Historia de la lengua por culpa de otros compromisos. Así, hacia 1943 anda metido en investigaciones toponímicas encaminadas a la redacción de unas páginas para la Historia de España de Espasa-Calpe, y cuando le menciona a Castro esta dedicación a asuntos de la España prerromana la previsible reacción del amigo tiene toda la indisimulada franqueza que era en él característica. Todo eso, viene a decirle don Américo, es perder el tiempo. Le insiste en que se dedique a la Historia de la lengua, una de las grandes obras que nadie sino él puede hacer, y que se deje de prehistorias. «¿Qué va a ser de esa masa fabulosa de datos preciosos acumulados durante medio siglo? ¿Qué vale junto a eso el que España tuviera, hace 3000 años, lígures o cualquier otra cosa?», le espeta en una misiva del 3 de marzo de 1944.
Don Ramón, impresionado por la reprimenda, le promete dar «un sesgo rápido a esos estudios, para liquidarlos con lo estrictamente necesario». Y Castro remacha, en carta del 25 de agosto del mismo año:
Me alegra contribuir a que vuelva V. a la historia de la lengua de verdad, y se deje por ahora de coleccionar cascarabitos paleolíticos, sin matices de vida y sin peculiaridad. En cambio la lengua del siglo xiii, o del xvi, son aspectos únicos de formas de vida únicas, que solo V. conoce.
«Cascarabitos paleolíticos». La palabra cascarabito, ausente del diccionario académico, hubo de causar alguna extrañeza al destinatario de la misiva. Mas para Castro era familiar, y la había empleado también en un artículo de El Sol, el 9 de enero de 1936:
El Imperio efectivo surge de anuencias y adhesiones y se nutre en comunes fecundidades. Otra cosa es jugar con un cascarabito de retóricas.
Si aceptamos, con Max Aub, que se es de donde se ha hecho el bachillerato, Américo Castro, nacido en Brasil porque allí residían sus padres en 1885, era granadino, pues en Granada, adonde se trasladó la familia cuando él tenía cinco años, estudió el bachillerato, y también las carreras de Derecho y Letras. Además, «mis abuelos maternos y paternos —dejó escrito— eran todos labriegos, granadinos, de Huétor-Tájar y de Alhama de Granada». Todo ello explica que le resultara familiar a nuestro historiador la palabra cascarabito, que es un andalucismo léxico y, más concretamente, un vocablo característico de la Andalucía oriental.
Figura en el Vocabulario andaluz de Alcalá Venceslada (1951), como «cáscara del garbanzo» —se añade un ejemplo: «Estos garbanzos ya tienen seco el cascarabito»— y «cápsula peduncular de la bellota»; pero donde claramente podemos formarnos una idea de su distribución dialectal es en el Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía: cascarabito como ‘vaina del garbanzo’ aparece en diversas localidades de Córdoba, Granada y Jaén, y como ‘cascabillo de la bellota’ en puntos de estas dos últimas provincias y también de Almería.
Comprendemos ahora que Américo Castro usaba la palabra en sentido figurado. Tanto la vaina del garbanzo como el cáliz o alvéolo de la bellota son materia inútil, no sirven para nada; así, ocuparse en recoger «cascarabitos» —y más si son «paleolíticos», piensa el autor— es trabajo ocioso, y un «cascarabito de retóricas» viene a equivaler a hojarasca palabrera.
Sí figura cascabillo en el diccionario académico, como ‘cascabel’ (tanto cascabillo como cascabel se remontan en última instancia al latín caccabus ‘olla’), ‘cascarilla del trigo o la cebada’ y ‘cúpula de la bellota’. En Andalucía se documenta asimismo otra forma diminutiva similar, cascabito, y nuestro cascarabito puede explicarse fácilmente como resultado del cruce entre cascabito y cáscara. Para que nada falte, el ALEA detectó también cascarabillo.
Solo en autores granadinos o jiennenses se documenta la palabra que nos ocupa. García Lorca incluyó en la jocosa Antología modelna una «chuflilla» que, parodiando el estilo de Alberti, dice así: «Déjame, pirulito, / déjame solo / con el cascarabito / del garigolo». Y muy recientemente, en un relato de José Luis Villacañas que está ambientado en la comarca de Úbeda hay un pasaje en que se habla de «un ruido inconfundible, el que forman los garbanzos secos cuando chocan con sus cascarabitos, como si fueran maracas» (La mano del que cuenta, 2010). Es muy significativa también la presencia en los ficheros de la Academia de una cédula de don Manuel Gómez Moreno en que cascarabito se da como «cáscara enteriza».
Cuántas veces, para palabras de este carácter, hemos de conformarnos con noticias del siglo xx o poco anteriores, y no textuales. Nos informan de ellas los dialectólogos, y hemos de presumir que están o han estado vivas en el habla del pueblo; pero no siempre tenemos la suerte, como en este caso ocurre, de que un autor (Lorca, Castro…) las rescate de su memoria para engastarlas en un escrito.
Ahora bien, ¿desde cuándo existen, desde cuándo están vivas tales voces del ámbito popular o rural? Es una pregunta mucho más difícil de responder. Pues encontrar testimonios de épocas lejanas es más que buena fortuna, es casi un milagro, y cuando ocurre provoca una estremecida emoción. Como la que sentí al descubrir que en la Recopilación de algunos nombres arábigos (1593) de fray Diego de Guadix —natural de la ciudad de su apellido— se nos describe así un determinado árbol:
til: Es el nombre de un árbol siluestre que ay en algunas de las islas de Canaria, en que ay una mostruydad [= monstruosidad] tan grande como esta, que las ojas dél asimilan [= ‘se parecen’] a ojas de naranjo, y la fructa asimila a bellotas de enzina quando comienzan a mostrarse y a salir del caxcarabitillo…
Este delicioso, conmovedor diminutivo reduplicado que acude a la pluma del buen lexicógrafo franciscano, «caxcarabitillo» —con el trueque de sibilantes tan común entonces—, es una joya absoluta. Es la punta de un iceberg que, emergiendo como testimonio aislado, basta para atestiguar en la intrahistoria, e intrageografía, de nuestra lengua un uso latente sepultado en ellas durante siglos.