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Jueves, 2 de agosto de 2012

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Literatura

El ajedrez y la literatura (4). Jaque al rey

Por Fernando Gómez Redondo

Intentó la historia dar jaque al rey que compiló el más importante de los tratados medievales sobre ajedrez, en lengua vernácula, los Libros de acedrex, dados e tablas promovidos por Alfonso X en dos momentos muy diferentes de su vida, aunque vinculados ambos al empeño de diseñar ese marco de la alegría cortesana que él definiera en el Título V de Partida II, convencido de que «oír cantares e sones de estrumentos» por una parte, «jugar axedrezes o tablas» por otra, contribuía a prestigiar un espacio curial y a otorgar al monarca que lo presidía la dignidad en la que se asentaba su poder.

Pero la historia le fue hostil a Alfonso desde el momento en que se empeñó en gobernar como un rex litteratus y en asumir la corona imperial que la ciudad de Pisa le ofreció en 1256; tanto la alta clerecía como los principales clanes nobiliarios se mostraron contrarios a sus proyectos científicos y legislativos, de tal modo que, al morir en 1275 su hijo mayor, Fernando de la Cerda, esos sectores apoyaron la candidatura al trono del segundogénito, de Sancho, pasando por encima del derecho sucesorio aprobado en las Partidas y que beneficiaba a los dos hijos del primogénito, amparados por Blanca de Francia, su madre, Violante de Aragón, su abuela, y la familia de los Lara. La guerra civil por la sucesión al trono se vio agravada por la ambigüedad de Alfonso que apoyó primero a Sancho —por la garantía que ofrecía de defender el reino ante los ataques de los moros—, para retirarle luego su apoyo, maldecirlo y lograr que el papa expidiera un anatema en contra de su hijo, anulando además el matrimonio que había contraído con María de Molina. Fue la jugada maestra con la que Alfonso, encerrado en la última casilla que le quedaba, su ciudad de Sevilla, lograba, en otoño de 1282, recuperar parte de la autoridad perdida y evitar el mate que sus enemigos estaban dispuestos a darle; gracias a la interdicción papal sus hermanos y algunos nobles volvieron a su obediencia, mientras que Sancho quedaba en una posición más débil.

Éste es el momento en el que Alfonso, para proclamar la autoridad recobrada, recupera parte de su producción letrada: ordena, una vez más, reescribir la historia de España desde la perspectiva de los problemas que sufre —es la Versión crítica— y añade tres nuevos tratados a aquellos Libros de acedrex, dados e tablas, que como en el título se señala contenían ya tres secciones dedicadas a cada uno de estos juegos curiales; se termina, así, uno de los más espléndidos códices regios alfonsíes, el escurialense T-i-6, con ciento cincuenta miniaturas, y un colofón que lo sitúa en ese año de 1283 y en esa última plaza en la que había logrado resistir —«acabado en la cibdat de Sevilla»— el asedio de sus enemigos; tal era la ocasión en la que Alfonso podía garantizar de nuevo, en su entorno, la paz necesaria para que se desarrollaran «deportes» cortesanos vinculados a su «entendimiento», porque es, en todo momento, su «voz» regia la que guía las explicaciones que se van ofreciendo sobre el desarrollo —y el valor— de unos entretenimientos que deben ajustarse a unos límites para que puedan resultar provechosos, y no perjudiciales.

Bien señalaba esta intención en el prólogo de la obra, compuesto posiblemente años antes de la difícil situación que había superado en 1283: era Dios, según afirma, el que movía en las personas el deseo de distraerse con «toda manera de alegría», para poder «sofrir las cueitas e los trabajos» cuando sobrevinieran; se distinguen, con este propósito, dos actividades: la de los «juegos» —que requieren una acción física, porque se practican a caballo o a pie— y la de los «trebejos» —que es vocablo que sigue designando las piezas de ajedrez— que, como apunta el rey, se «fazen seyendo», es decir con los jugadores sentados ante tableros en el ámbito de un marco social que precisa de reglamentos específicos para que esas partidas se desarrollen conforme al decoro que exige el monarca que allí se encuentra; por ello, Alfonso marca las pautas morales con que estos juegos deben practicarse, designando a los grupos sociales para los que resultan más adecuados: nombra, así, a «las mugieres que non cavalgan e están encerradas», a los hombres «que son viejos e flacos» o a aquellos que gustan «de aver sus plazeres apartadamientre por que non reciban en ellos enojo nin pesar» —recuérdese cuántos héroes épicos conocían su bastardía cuando se entretenían con estos deportes—, también menciona a «los que son en poder ageno assí como en prisión o en cativerio o que van sobre mar» —y este último apunte será precioso para analizar el Tristán—, por último a «todos aquellos que han fuerte tiempo» y que, ante las inclemencias meteorológicas, tienen que permanecer encerrados «en las casas» y buscar algún esparcimiento para no estar «baldíos». Perfilados, de este modo, los grupos de recepción a quienes conviene este libro, Alfonso se sirve de un «exemplo» para dar cuenta de los orígenes de estos juegos y vincularse, desde su condición regia, a la cadena de transmisión de unos saberes que destacan por su utilidad; él es como esos monarcas antiguos que se preocupaban por idear actividades que contribuyeran a la formación y al aprendizaje de sus súbditos:

Segunt cuenta en las istorias antiguas, en India la mayor ovo un rey que amava mucho los sabios e teníelos siempre consigo e fazíeles mucho a menudo razonar sobre los fechos que nascíen de las cosas.

Se trata de servirse del «saber» para guiarse por sus razones y entender los «fechos» a los que se debe dar una determinada respuesta; en ese marco de la India, tres sabios entablan una disputa sobre el modo en que la vida de las personas depende del «seso» o de la «ventura»; el primero argumenta que el «seso» enseña a obrar con orden y a superar cualquier dificultad que pueda sobrevenir; el segundo considera que la «ventura» no puede rehuirse y que rige la vida de los mortales; el tercero busca una fórmula intermedia y apela a la «cordura», que permite tomar del «seso» lo más conveniente y enseña a ayudarse de la «ventura» cuando fuere necesario; el monarca pide a estos disputadores que demuestren sus ideas, presentándose los sabios, tras «catar sus libros», con los tres juegos —«axedrez, dados e tablas»— que conformarán la materia del libro. El desarrollo del ajedrez se asienta, de esta manera, en el «seso», por cuanto «el que mayor seso oviesse e estudiesse aperçebudo, podríe vencer all otro»; los dados, por su parte, se ajustan a la «ventura», «segunt parescíe por la suerte, llegando el omne por ella a pro o a daño»; las tablas —llamadas «reales», se corresponden con el backgammon actual— combinan la «ventura», pues el azar lo marcan los dados, con el «seso» que es el que guía los movimientos de las fichas o «trebejos» sobre el tablero.

Bien advierte ya Alfonso, cuando asume desde su «voz» la organización de la materia, que el más importante de los tratados es el de ajedrez, señalando, desde su condición regia, la paradoja sobre la que se asienta el desenlace de este juego:

E cómo han a seer aperçebudos los jogadores de saber jogar en guisa que venzcan e non sean vençudos e de cómo dan xaque al rey, que es el mayor trebejo de todos los otros, que es una manera de afrontar al señor con derecho, e de cómo·l’ dan mate, que es una manera de grant desonrra, assí como si·l’ venciessen o·l’ matassen.

Tal es lo que estuvo a punto de ocurrir en 1282, cuando se encontró aislado y cercado en su ciudad de Sevilla: la historia no pudo darle el mate final que sus adversarios planeaban y, para proclamar la victoria sobre su destino, Alfonso volvió a amplificar la obra de la que dependía una de las facetas de su imagen de rey letrado. Pero antes de ver esa nueva materia, se analizará, en una próxima entrega, el valor alegórico que el Rey Sabio otorgaba al juego de ajedrez.

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