PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
¿Y si se demostrara que esto es mentira? «Pues seguiremos diciendo lo mismo». Algo así parece que ocurre en el terreno de la divulgación histórica en relación con muchos aspectos románicos, desde los más complejos a, en ocasiones, los más simples. Ya nos hemos referido en anteriores rinconetes de esta serie a esas leyendas alimentadas por el Romanticismo (con mayúscula o minúscula), pero ahora vamos a otras cosas, mucho más simples: las estrellas dibujadas, que vemos en contextos múltiples, sean pintadas, incisas, esculpidas o estén decorando cualquier soporte.
Es convención universal representar las estrellas con formas poligonales, siempre rematadas en variable número de puntas. Curiosa cuestión porque incluso hoy, con la tecnología actual, no se ha visto nunca una estrella, planeta o asteroide rematado en picos, pero cualquiera que mire el cielo lo puede entender, porque aquello que brilla, el fulgor, los humanos tendemos a representarlo con aristas, irradiando. Tendemos a la geometría estelar, sea en petrogriflos neolíticos o en tebeos setenteros. El tema es que a partir de tal geometría se puede inferir simbólicamente lo que queramos, como ocurre con los números. Siempre significará algo el dos, el tres, el cuatro y los demás, que serán múltiplos, divisores, o lo que sean, pero siempre, simbólicos. Qué manía.
Se olvida que un símbolo solo tiene sentido inserto en un contexto. Aislado, no hay símbolo. En realidad, es muy fácil de entender. El color rojo, por ejemplo, puede ser un signo, un símbolo, o nada. El que vemos en un semáforo a través de la tulipa de un disco situado sobre un soporte de metal al pie de una carretera, o suspendido, cual pinjante polícromo sobre ella, indica algo muy distinto al rojo púrpura de una túnica del siglo xiii o al rojo con que se pinta una silla en una casa, o los labios una persona antes de salir de fiesta, etc. Pero luego, los libros dividen los tipos de estrellas en función del número de puntas. Hasta ahí, bien: mera descripción, y de las sencillas, pues solo se trata de contar. Lo malo es cuando cada categoría estelar se asocia a una cultura y se infieren significados, y tal bibliografía afirma que la «estrella árabe» tiene cinco puntas, la de seis se denomina estrella de David o «estrella judía», la de ocho se asocia a las teorías más peregrinas, etc., y se hace tabula rasa a la hora de interpretarlas. La literatura sobre el románico está llena de estos tópicos.
Las contradicciones se ven por doquier, pero no se registran. Como botón de muestra, el felús marroquí, moneda de larga vida ya existente en la Edad Media, cuenta con una estrella de seis puntas como marca identificativa, y no por ello hay ninguna contradicción. No es una «estrella judía» inscrita simbólicamente en una moneda nacional de un país islámico. Es una estrella de seis puntas. Nada más. Cuando aparecen en la fábrica de un edificio medieval, estas estrellas de media docena de picos se quieren ver como inequívoca huella de la presencia de canteros o alarifes judíos, pero esta teoría no cuadra tampoco con la grabada en un omóplato de ciervo conservado en el Museo Numantino de Soria junto a inequívocos caracteres del alifato árabe. Tampoco, por cierto, con los oficios tradicionales documentados de los seguidores de la Tora en los siglos románicos, entre los cuales no se encontraba la cantería. Malamente, pues, la llamada estrella de David remite a manos judías que la confeccionasen, porque solo desde el siglo xix es símbolo nacional del pueblo judío. ¡Más de medio milenio después de que el románico pasase de moda! Es más, cinco, seis u ocho vértices se repiten por doquier en incisiones presentes en las iglesias (cristianas) de todo el Occidente, del mismo modo que se grabaron en materiales duros antes de la existencia de Cristo, Mahoma o David.
La estrella sigue hoy significando, y ahí la vemos en galones, en horteras Paseos de la Fama, como icono de calidad en valoraciones que las propias marcas comerciales hacen de sí mismas, o en Internet, para que cualquiera vote lo que toque, con el criterio que prefiera, lo haga como sea, pero poniendo estrellas. Y es que el valor de un símbolo no es nunca unívoco. Pensemos en la estrella de cuatro puntas de la OTAN, adoptada en 1953 para representar «la brújula que nos mantiene en el camino correcto, el camino de la paz, y un círculo que representa la unidad que une a los 14 países» que entonces componían la Organización del Tratado Atlántico Norte. Cuánta gente ve en dicha estrella una mirilla telescópica de las que se emplean para apuntar a objetivos humanos y acertarles con armas de fuego… humanitariamente, claro. Que luego condecorarán al que ordenó la acción, y ya sabemos qué elementos penderán de su pechera, simbolizando la hazaña.