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Martes, 30 de agosto de 2011

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ARTE / Claroscuro

San José y el Niño Jesús

Por Elena Paulino Montero

«No se deleitaba tanto Ribera en pintar cosas dulces y devotas, como en expresar cosas horribles y ásperas […]; todo hecho puntualmente por el natural, con estremado primor, fuerza y elegante manejo». En estos términos describía Palomino en 1724 la pintura de José de Ribera, valenciano afincado en Nápoles y uno de los principales seguidores de Caravaggio. Esta idea de Ribera como pintor de lo desagradable, de cuerpos ancianos expuestos en toda su crudeza o de sangrientas escenas de martirios, permaneció en el imaginario de la crítica hasta el siglo xx. Sin embargo, la mayor parte de la producción de Ribera está compuesta por otro tipo de escenas religiosas, como este San José y el Niño que se conserva en el Museo del Prado.

Hay que tener en cuenta que Ribera nunca fue un hombre particularmente devoto. No pintó gratuitamente para conventos ni se asoció nunca a alguna orden religiosa, y todos los testimonios que conservamos parecen indicar que consideraba la pintura desde un punto de vista completamente pragmático y no una forma de servir a Dios o de oración, como la consideraban otros pintores contemporáneos. Por tanto la pintura de Ribera no es reflejo de las devociones personales del pintor, sino que es un reflejo del momento en el que vivió, del gusto de sus clientes y del éxito de determinadas fórmulas en su época. Y en este sentido habría que destacar el papel protagonista que la figura de san José alcanzó en la Europa católica tras el Concilio de Trento.

Hasta el siglo xvi, la figura de san José había sido sistemáticamente rebajada. En los autos sacramentales medievales desempeñaba el papel de bufón: aparecía caracterizado como un anciano torpe, más bien poco inteligente, avaro y quejica. En pintura sólo aparecía cuando se representaba la Sagrada Familia al completo, y siempre alejado del núcleo principal, muchas veces dormido, sin participar en la escena. De esta forma se reafirmaba indirectamente la virginidad de María. Sin embargo, a partir del siglo xv esta tendencia comienza a cambiar con la introducción de la fiesta de san José en la liturgia y las reflexiones de los teólogos acerca de los dones y virtudes del padre putativo de Cristo.

Pero es a partir del Concilio de Trento cuando su imagen comienza a valorarse y a aparecer como positiva en el contexto europeo. En esta revalorización de san José desempeñan un papel fundamental santa Teresa, reformadora de los carmelitas, que le atribuyó su curación, y los fundadores de los jesuitas y los salesianos: san Ignacio de Loyola y san Francisco de Sales. Aparecen nuevas reflexiones teológicas sobre la importancia de José como «padre nutricio» de Jesús y como protector de la Sagrada Familia. Destacaba su cercanía con Dios gracias al contacto diario con el Niño Jesús y la Sagrada Familia «Jesús, María y José» pasó a constituir una trinidad en la tierra y una invocación piadosa, en forma de exclamación.

De esta forma también evoluciona su imagen artística. Comienza a ser representado en solitario o, más frecuentemente, con el Niño, como en este caso. Su imagen se rejuvenece, ya que un anciano no podría haber desempeñado el papel de protector de la Virgen y el Niño. Aquí Ribera lo representa como un hombre de unos cuarenta años, como es habitual tras Trento, con las herramientas propias de su oficio, que en este caso lleva Jesús en un cesto, y con la vara florida, símbolo de su triunfo frente al resto de los pretendientes de la Virgen María.

Llama la atención en este cuadro la falta de interacción entre la figura del Niño y la de José, que levanta su rostro hacia el cielo, y se lleva la mano izquierda al pecho, posición propia de los santos representados en el momento de su éxtasis. Las visiones y el éxtasis fueron las características de los santos modernos, posteriores al Concilio de Trento. Tuvieron el privilegio de la unión mística con Dios y ése fue el atributo principal de su santidad. De este modo, en el siglo xvii los grandes santos fueron representados en el momento de su éxtasis y, por un interesante fenómeno de ósmosis, el resto de los santos tanto medievales como antiguos, comenzaron a representarse también de esa forma.

Así pues, San José y el Niño de Ribera supone toda una declaración acerca de las nuevas devociones y la nueva forma de concebir la santidad que se desarrollaron en la Europa católica durante todo el siglo xvii.

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