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Martes, 30 de agosto de 2011

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CULTURA Y TRADICIONES

Seguid danzando, malditos

Por Ignacio Ceballos Viro

En el Espéculo de los legos, una recopilación castellana de cuentos de finales del siglo xiv o principios del xv, leemos una leyenda asombrosa. Ciento veintidós chicos y chicas de Tolosa van a buscar a la hija del cura la noche de Navidad. De camino, bailan y cantan, y sus voces y ruidos no dejan celebrar la misa. De modo que el presbítero, airado, sale afuera y arroja sobre el corro de danzantes una «terrible» maldición: no podrán parar de bailar durante el resto de su vida. En ese preciso instante las manos de los muchachos quedan pegadas, y sus cuerpos, sin necesidad de comer y beber, siguen danzando. Pese a los deseos iniciales del párroco, la siguiente noche de Navidad la maldición cesó, los jóvenes se separaron, entraron en la iglesia y pudieron dormir durante tres días con sus noches.

La historia está ubicada alrededor del año 1000 d. C., y, pese a los siglos trascurridos, uno no puede evitar dejarse llevar todavía por la sugestión de semejantes hechos. La propia maldición no parece ser un castigo demasiado espantoso para unos chicos que gozaban, precisamente, bailando; y menos aún cuando se nos dice que durante todo ese tiempo fueron ajenos a las necesidades materiales. ¡Quien baila y canta con amigos no necesita otro sustento! Imaginamos a ese centenar y pico de muchachas y muchachos, ajenos a la tranquila festividad religiosa, celebrando su peculiar rito de enamoramiento, según se nos cuenta, entre un tal Guillén y Eva, la hija del cura (tiempos en los que aún no estaba instaurado el celibato sacerdotal). Se nos refiere que cantaban:

Íbase el garçón por la silva fojosa
e levava consigo la mançebilla fermosa.
—E ¿a qué estamos que non andamos?

Y nos dan ganas de viajar ahora mismo a Tolosa (de Francia, que la de Guipúzcoa no existía por entonces), con deseos de encontrar todavía algo de aquello. Pero mal haríamos, ciertamente. En realidad el texto castellano medieval contiene una serie de errores, pues se trata de una traducción anónima del Speculum laicorum (que había compilado un monje inglés a finales del siglo xiii), y el traductor no anduvo muy fino. La ciudad del relato original era Toul, al noreste de Francia, no Tolosa. Y, mal que nos pese, en lugar de ciento veintidós danzantes, eran sólo doce. Pero la leyenda, como ocurre con la literatura que se transmite a caballo entre la oralidad y la escritura, es más rica que una sola versión. En efecto, este relato de los danzantes malditos pertenece a una tradición europea, bastante más densa en el norte que en latitudes meridionales, y los testimonios más antiguos se refieren a estos mismos hechos en la localidad alemana de Cölbigk (Ilberstedt, Sajonia-Anhalt).

Expertos cientifistas han hablado de «histeria colectiva», o, con un más moderno tecnicismo, de «enfermedad psicogénica de masas» (MPI). Es comprensible: se intenta vincular lo narrado por la literatura antigua con otros sucesos actuales reales, con todo lo bueno y lo malo que ello tenga. Pero mucho antes de que se pretendieran explicar estos hechos con la mera atribución de un nombre, la fascinación de las historias de danzas malditas cundió en otros siglos de la historia española. Un par de romances de pliego de finales del xvii prolongan la vida de esta leyenda en nuestra lengua. La nueva ambientación es la ciudad de Zamora, la Navidad se transmuta en el paso del viático, y se enfatiza la amonestación del castigo ejemplar. También el amor parece andar como causa de todo el desaguisado, pues en el pliego de Granada, que es el primero, se lee (ed. de José Fradejas):

Y uno dellos, y aun los más
que aquella función ostentan,
estavan de amor prendados
con sus redes y cautelas.

Seducido por la leyenda, como suele pasar irremediablemente con los textos de origen medieval, el lector de hoy se pone en el lugar del joven Guillén, ase la mano de Eva, y se quiere arrojar a las penas de un baile eterno.

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