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Miércoles, 24 de agosto de 2011

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (19). Turismo toponímico

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Ahora que los turoperadores tienen que hacer de creativos para idear rutas y propuestas de viaje de lo más dispares (caminos de Santiago por doquier, localidades natales de personajes célebres, escenarios de hechos relevantes o no tan relevantes…), va una idea un tanto romántica, más que pensando en el negocio, en que también a los particulares nos sirva por aquello de hacer algo original. Se trata de dejarnos llevar por la nebulosa toponímica y articular un viaje para ver lo que tan bonito se oye. Pura sinestesia. Solamente con referencias a la provincia en la que nació Juan Antonio Gaya Nuño escribía éste en el capítulo XXII de El santero de San Saturio, apuntando una posible ruta… disuasoria: «Las villas, aldeas y lugares sorianos cautivan, ante todo, y frecuentemente sin otro señuelo, por sus nombres. Los hay con motes prohibitivos y alejadores, como Yelo, Castilfrío y Renieblas, que sugieren temperaturas árticas, tormentas imposibles, cielos cargados de helado furor, y la realidad no defrauda…». Cierto que esta propuesta queda para valientes que, en las antípodas del «sol y playa», busquen otros escenarios donde invertir el ocio. Más estupefacción supone un recorrido por, y sigo citando la misma fuente, «[n]ombres de pueblos semejando reniegos y tacos: Nolay, Somaén, Reznos, que parece deban acompañarse con signos de admiración…». A los aportados, y nuevamente sin salir de los límites provinciales referidos, se podrían añadir Moñux, Nepas, Blacos o Bordejé, por ejemplo, que efectivamente parecen interjecciones admirativas. Pero para aterrizar definitivamente en el contexto «románico» que alienta estas líneas, sabemos que, Gaya dixit, «hay, por último, pueblos de nombre hermosamente medieval, como Castillejo de Robledo y Peralejo de los Escuderos […]. Los moros habían bautizado muchas de nuestras aldeas, con nombres (Almaluez, Almajano, Benamira) que parecen extraídos de un parte de guerra en Trípoli o Egipto…». Los moros o, añadimos, los literatos del siglo xix y sus epígonos del posterior.

Otra cosa es que luego vayamos y encontremos lugares calcinados de memoria, arrasados por el urbanismo moderno, o carentes de cuanto encanto pretendemos consumir en estas escapadas (no es el caso de los citados, por cierto). Pero la verdad es que, siguiendo con nuestra retahíla de entregas, jugando con la polisemia del adjetivo «romántico», ésta podría ser una idea así, romántica, en su acepción más extendida: organizar un viaje dejándonos llevar tan sólo por la fonética, por lo evocador de su sonido o su significado. Salgo de Soria, pero sigo en pagos castellano-leoneses, y así ¿quién se resistiría a visitar Mecerreyes (Burgos)? ¿alguien renunciaría a la sonoridad de Modúbar de la Emparedada (Burgos), Torrecilla de la Abadesa (Valladolid), Madrigal de las Altas Torres (Ávila), o Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), que parecen una sucesión de versos eneasílabos? Una sílaba menos tiene Castellanos de Moriscos (Salamanca), resonante topónimo. Sus violentas extensiones inmobiliarias han modificado tan irremisiblemente su área urbana que nos hacen plantear, de manera abrupta, el éxito de la propuesta. No es el único.

Por la mayor parte de las localidades sorianas nombradas, el actual viajero, que emularía a sus antecesores románticos del siglo xix, encontrará románico, sin te entre la ene y la i. Mucho, en cantidad. Un arte románico que hay que aprender a ver para degustarlo hasta el infinito, cuajado de huellas, de información, impregnado hasta hace muy poco de vida, tan poco romántica como inversamente la imagina el urbanita de hoy de escapada rural finisemanal. Diosleguarde (Salamanca) al pobre turista romántico, que busca en la breve salida entre dos atascos, un Quitapesares (Segovia) para aguantar la semana que habrá de venir, y recordará, entre el alicatado de su cocina o cuarto de baño, románticos topónimos como Castil de Tierra o Tapiela, en Soria nuevamente, que le remiten a otros modos de construir, en uso en la época del románico y del Romanticismo, en una tierra en que se construía con tierra, abundante de románico y que no descarta otros topónimos misteriosos, románticos por tanto, como Tinieblas de la Sierra (Burgos), Valdenoches (Guadalajara) o tantísimos otros que podemos rastrear para hacer turismo toponímico. O viajar de oídas, que sería otra manera de decirlo.

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