CULTURA Y TRADICIONES
Por Ignacio Ceballos Viro
El ser humano tiende en unas ocasiones a idealizar su pasado cultural, y en otras hace esfuerzos por arrepentirse de él y, si fuera posible, olvidarlo. En cualquier caso la tradición cultural es, a grandes rasgos, herencia, por lo que se hace difícil librarse de ella o escapar a su influjo, así como el chico joven sabe que se quedará calvo antes de los cuarenta, por mucho que no quiera, sólo con ver el álbum de fotos de sus ascendientes.
Hay una costumbre inveterada conocida como «hospitalidad sexual». Consiste más o menos en lo siguiente: si un forastero varón pide alojamiento en tu casa, es de buen anfitrión ofrecerle alguna de las mujeres de la unidad doméstica, para que pase la noche con ella. La costumbre, por muy horripilante y patriarcal que hoy nos parezca, conoció un éxito enorme en todo el mundo. Los estudios etnográficos llevados a cabo durante el siglo xx descubrieron ejemplos de hospitalidad sexual entre los esquimales del Ártico, en islas del Pacífico, en zonas de África oriental, en algunos pueblos australianos y de América del Sur, entre otros. En las sociedades árabes del Mediterráneo, si prestamos oído al afamado antropólogo Pitt-Rivers, fue habitual hasta época reciente. En las culturas antiguas, como la griega y la mesopotámica, hay indicios textuales suficientemente numerosos como para considerarla una costumbre más o menos asidua (incluso en la rapsodia III de la Odisea, un posible caso de ofrecimiento homosexual de Pisístrato, hijo de Néstor, a Telémaco). Algunos estudiosos han visto también huellas de esta relación entre hospitalidad y entrega de mujeres en la Biblia, en los episodios de Lot (Gn 19) y del crimen de Guibeá (Jc 19).
La hospitalidad, así, consiste en gran medida en una donación de bienes, pero que no son sólo el baño o la comida o cosas similares, sino además, a veces, satisfacciones sexuales. Ahora bien, la pregunta llega a nuestros oídos: ¿se conoció algo de esto en la cultura hispánica? Por raro que parezca, sí. De ello habla sin mostrar sorpresa un romance tradicional antiguo, conservado en boca de las gentes hasta hoy, sobre todo en el norte de Castilla y en Cataluña y Baleares: La noble porquera. En él, se cuenta cómo el marido regresa a su tierra después de una larga ausencia aparentando ser otra persona; descubre cómo su esposa ha sido maltratada por su madre durante este tiempo, convertida a la fuerza en pastora y sirvienta; y decide hospedarse en su propia casa, sin que nadie le reconozca. Allí, la madre, haciendo de anfitriona, le ofrece comida y alojamiento, y más tarde es el propio marido el que, por seguir su treta, pide que alguna mujer le acompañe al cuarto. La presencia de la costumbre de la hospitalidad sexual en estos dos textos muy dispares que ofrezco de ejemplo es, creo, evidente, incluso bajo el eufemismo de «ir a alumbrar»:
—Diga usted, la patrona del lindo mirar,
¿tiene usté una gallina para yo cenar?
Y la pechuguita pa’ la pastorcita será.
—Eso no, señor, no, señor caballero,
están aquí mis hijas que lo son primero.
[…]
—Diga usted, la patrona del lindo mirar,
¿tiene usted una cama para yo descansar?
Y una hija de usted me irá a alumbrar.
—Eso no, señor, no, señor melitar,
si acaso la pastora le irá a alumbrar.
(Y ella que lo oyó por la ventana más alta se quiso tirar.)
—Calla, pastorcita del lindo mirar
coje tu candil y venme a alumbrar
de la puerta al cuarto tú te volverás.(Versión de Uznayo, Cantabria, recogida por Diego Catalán y Álvaro Galmés, vv. 102-115)
Dice el caballero que se quiere acostar
y la zagalilla que le vaya a alumbrar.
—Primero me arrojara por el ventanal
que mujer de don Güeso con otro acostar.(Versión de Brañosera, Burgos, recogida por José Manuel Pedrosa, vv. 41-44)