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Martes, 16 de agosto de 2011

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ARTE / Claroscuro

Vuelo de brujas

Por Susana Calvo Capilla

La serie de la que forma parte este pequeño lienzo fue pintada por Francisco de Goya entre 1797 y 1798. Los seis cuadros de gabinete que la componen ilustran un tema frecuente en la producción del pintor: la brujería. De hecho, se podría decir que ponen color a los grabados de los Caprichos, publicados en 1799. En ellos, el pincel de Goya conserva aún colores vivos, si bien su expresividad preludia la de las pinturas negras. Los seis cuadros, así como cuatro series de los Caprichos, fueron adquiridos por la duquesa de Osuna para «El Capricho», el palacio de recreo que poseía la familia en la Alameda de Osuna, a las afueras de Madrid. El lienzo fue adquirido por el Museo del Prado en 1997.

La brujería era una de las supersticiones populares más arraigadas, a pesar de los esfuerzos de los ilustrados por erradicarla. Goya no fue el único ni el primero en criticar el oscurantismo y la superchería. Benito Jerónimo Feijoo, en 1726, decía en el prólogo de su Teatro crítico universal emprender una campaña «para desengaño de errores comunes». En 1811, Leandro Fernández de Moratín editó, acompañada de notas satíricas, la «relación del Auto de fe de Logroño», un manuscrito que recogía el proceso contra unos judíos de Zugarramurdi acusados de hechicería en 1610. La brujería seguía de actualidad a principios del siglo xix, al menos hasta la abolición definitiva del Tribunal del Santo Oficio, en 1834.

Este tema a menudo sirvió a Goya para expresar ideas más abstractas, como la violencia, la ignorancia y la maldad, dando una visión escéptica y mordaz del ser humano y de la sociedad de su tiempo. En este cuadro, las brujas o brujos que vuelan por el aire visten como disciplinantes del Santo Oficio, tocados con una coroza. Las tres figuras chupan la sangre a un hombre que intenta zafarse extendiendo los brazos con desesperación. En tierra hay otros dos hombres, uno huye ocultándose bajo una sábana blanca y otro, tirado en el suelo, se tapa los oídos. Al fondo, un burro recuerda la estupidez de los tres. Composiciones de esta serie como La lámpara del diablo (National Gallery de Londres) o el Vuelo de brujas se han relacionado con una «comedia de figurón» titulada El hechizado por la fuerza, escrita por Antonio de Zamora y estrenada en 1697. En dicha farsa, una de las más representadas en los teatros de Madrid en el siglo xviii, se ridiculizaba, a través de la figura de un clérigo necio y supersticioso llamado don Claudio, la ignorancia popular. No deja de tener gracia que la obra de Zamora se estrenara en la corte ante Carlos II (m. 1700), que recibió el sobrenombre de «el Hechizado» y que había presidido en 1680 el último gran auto de fe que se celebró en la Plaza Mayor de Madrid. El ambiente de la corte debía ser asfixiante en esos decenios finales del siglo: la falta de heredero hacía recurrir a los reyes a toda suerte de remedios mientras se buscaban posibles razones y culpables de tal desdicha. En 1692 se encarceló a un sastre germano del séquito de la reina, Mariana de Neoburgo, acusado de hechicería porque había cosido pesos de plomo en el bajo de los vestidos de los reyes siguiendo una costumbre de los modistos alemanes.

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