PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Un cuento del Romanticismo nos explica cómo un carpintero modeló una figura de madera a la que insufló vida, reelaborando de algún modo el mito de Pigmalión, o el propio relato del Génesis. La criatura se llamó Pinocchio (Pinocho), Geppetto, el hacedor, y Carlo Collodi, el inventor de la historia (1882).
Antaño, y hablo tanto del siglo xii como de los años cuarenta del siglo pasado, en un pueblo de la Península Ibérica convivían en simbiótico ecosistema tres comunidades simultáneamente, y no hablo de las distintas confesiones religiosas, sino de tres conjuntos bien distintos: humanos, que se arrogaban el privilegio de la vecindad; animales (salvajes, de tiro o de carne); y un tercer vecindario que no se debe menospreciar: el de las imágenes que representaban cristos, vírgenes, santas y santos que solían estar domiciliadas en la parroquia o ermita, y alguna que presidía algún punto del trazado urbano significativamente público. Destacamos hoy el patrimonio de madera tallada. No había un vecindario sin otro. Apurando, los animales podían vivir a temporadas alejados de los otros vecinos, sueltos en el monte, pero madera y humanos tenían que estar en interrelación continua, dándose sentido recíprocamente.
De hecho, una talla son dos cosas: un bien mueble y cuerpo vivo. El simbolismo que se le atribuye a la escultura le infunde hálito, y se contrapone la enunciación paradójica de ser simultáneamente un bien mueble, una pieza con valor histórico-cultural (estético, pero inerte, donde prima lo que se ve, el continente), y un cuerpo vivo con valor devocional (influyente, que privilegia el contenido, lo que no se ve, a lo que dicho cuerpo remite). A poca gente criada en este contexto simbólico le hubiera extrañado el cuento de Pinocho, porque estaban acostumbrados a que las tallas cobrasen vida y actuasen de manera autónoma, ya ayudando a un bienhechor, ya castigando a los malos, o protagonizando acciones ejemplarizantes. Vigilantes desde su alma de madera, cual volcán activo pero durmiente, estaban dispuestas a desperezarse en cualquier momento inesperado.
La mera pieza en sí misma, desgajada de su medio, es similar a lo que para la arqueología supone un objeto aislado, sin contexto estratigráfico, sin lugar de procedencia y sin datos que lo inserten en un campo de significación. Es el mantenimiento de estas piezas en su contexto el que otorga un valor añadido a unas y a otro. El éxodo rural no sólo despobló y despuebla de personas los pueblos. También se fue llevando (y se lleva, ay) ese vecindario lígneo. En el peor caso, consecuencia de robos, en el mejor, depositándolo en fríos museos. A los efectos que tratamos, lo mismo da. Cae sobre estas piezas de madera el mismo desarraigo que la sociología advierte en las poblaciones de carne y hueso.