CULTURA Y TRADICIONES
Por Irene Cuervo
Esa fue la respuesta, de ningún modo grandilocuente u orgullosa. Yo acababa de aprender y les pregunté: «¿Y cómo se llama este juego?», y uno de ellos, ya no sé si Xavi, Pablo, Albert o Alex, me dijo, encogiéndose de hombros: «No sé; nosotros lo llamamos El mejor juego del mundo».
Quizá recuerdes al Superdépor, el de la primera generación, ese equipazo que estuvo a punto de ganar una liga a mediados de los noventa. El de Fran, Djukic, Bebeto, Donato y compañía. Pues bien: en aquellos años, se oía por la calle un chiste que para mí fue el primer contacto —pero yo no lo sabía entonces— con este juego, con el mejor juego del mundo. Decía así: «¿A que no sabes por qué Bebeto canta?». La respuesta, como escribió Borges sobre aquel relato gauchesco, era para oírla, no para leerla: «Porque Mauro Silva».
Mauro Silva era, no hace falta decirlo, una de las estrellas del Superdépor; la homofonía entre su apellido y el presente de indicativo del verbo silbar hacía posible un chiste, que, por lo demás, no era muy bueno. Aunque lograra la correlación entre los dos futbolistas brasileños, Bebeto y Mauro, yo siempre pensé que habría sido mucho mejor sustituir al primero por Liaño, el portero del equipo. Con ello se perdía lo de la nacionalidad, sí, pero también se ganaba un juego de palabras: al escuchar «¿A que no sabes por qué Liaño canta?», el oyente-espectador asociaría de inmediato el verbo cantar a la acepción futbolera por antonomasia, la dedicada exclusivamente a los guardametas: ‘cometer un fallo garrafal’. Liaño canta y Mauro Silva: mucho mejor, sin duda; más completo, más ambicioso y más de todo.
El mejor juego del mundo es, en esencia, eso mismo, pero sin interrogaciones. Una formulación adecuada sería así de breve: «Liaño canta, y...». A partir de esas tres palabras, el oyente-participante tiene que resolver el acertijo: busca a alguien relacionado con Liaño —arqueros de la liga española, preferiblemente de su quinta, o futbolistas del Deportivo de la Coruña de cualquier época; también, si se hila más fino, porteros menos goleados de cualquier otra liga mundial— cuyo apellido (o combinación de nombre y apellido) tenga que ver con el verbo cantar. Y pasado un tiempo le llega esa sensación tan placentera: «¡Y Mauro Silva!». Y entonces se pone a pensar en otro acertijo, a modo de contraataque.
Hay que tener en cuenta que, como en todo, en el mejor juego del mundo hay grados de complejidad; conviene buscar una solución que no sea demasiado fácil, pero tampoco irresoluble o arbitraria. Si uno dice, por ejemplo, «Vicente del Bosque es castellano…», el oyente-competidor se pondrá a pensar de inmediato en entrenadores que tengan algo que ver con Del Bosque y enseguida encontrará la respuesta, sin despeinarse: «…y Luis Aragonés». Mejor o más ajustado decir «castellano» que «salmantino», por supuesto: la solución no es un gentilicio de provincia, sino de comunidad autónoma. Y mucho más fácil Del Bosque, sustituto de Aragonés en la selección española, que cualquier otro entrenador. Eso sí: si se quiere complicar (¿perfeccionar?) un poco más el juego, se dirá «Vicente Miera es cántabro…», o incluso «Quique Sánchez Flores es madrileño…»: el primero funciona como antiguo entrenador de la selección, el segundo como entrenador (y antiguo, también antiguo ya) del Atlético de Madrid. Sin embargo, el enunciado «José Eulogio Gárate es sarandiense…» es mucho más difícil y mucho menos satisfactorio para el oyente-enemigo. Para empezar, a ver quién recuerda que los protagonistas compartieron Trofeo Pichichi en la temporada 1969-1970, cuando ambos jugaban en el Atleti. Y por otra parte, colocar el gentilicio sarandiense (de Sarandí, Argentina) en la fórmula orienta la investigación fuera de nuestras comunidades autónomas: como antes, esto puede ser contraproducente. Es cierto que nada nos impediría decir: «José Eulogio Gárate es andaluz», aunque no lo fuera; pero aquí tratamos de ser puristas.
En resumen: el enunciado con Del Bosque se resuelve en cuarenta segundos; con Miera, en cinco minutos (si se sabe quién es Miera, que esa es otra); con Sánchez Flores, en diez; con Gárate, nunca.
Otra posibilidad, mucho más divertida, es jugar con apellidos compuestos, o con preposiciones, o con homofonías. Me gusta «A John Lennon le gusta irse…», porque, aunque se llegue a la solución muy deprisa, al participante le agradará descubrir, creo, la homofonía «…y a Ringo Starr». Del mismo modo, está bien encontrar apellidos que signifiquen, pero más vale trabajarse un poco los enunciados: por ejemplo, «Santa Teresa abusa de la raya…», «Garcilaso compra crema de la cara» o «Fray Luis de León es devoto del asterisco» nos llevan al mismo lugar (a Fontiveros, Ávila), pero con resultados muy diferentes. Compárese con el soso «Georges Braque es amarillo…» («…y Juan Gris»), o con el artificial «El rey persa favorito de José Martí es Ciro» («…y el de Rubén Darío»). Véase hasta qué punto el primer enunciado es mejorable con un pequeño retoque cargado de sentido: «Picasso es rojo…».
Lo mejor es inventarse relatos: imaginar a dos escritores norteamericanos que se encuentran en la plaza de Las Ventas («Hemingway lleva montera…»), a dos personajes bíblicos que se entregan a las drogas («San José fuma opio…»), a dos actores de telenovela que juegan en el mismo equipo de baloncesto («Jeannette Rodríguez asiste…»), a dos filósofos que pasan la tarde apostando al póker («David Hume pide comodines…»).
Ahí te dejo estos cuatro, esperando que los resuelvas y que, si quieres, envíes a Rinconete tus soluciones y tus propios acertijos…