ARTE / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
«Atendiendo al vigor de su fibra y al fuego nunca tibio de su entusiasmo por el florecimiento de las artes, se puede asegurar que bajo el aspecto intelectual ha descendido al sepulcro sin llegar a viejo; y hasta físicamente parecía rejuvenecido delante del caballete y con la paleta y el pincel en la mano». Así describía Ferrer del Río a José de Madrazo y Agudo (1781-1859), que había sido durante muchos años uno de los máximos exponentes del academicismo y árbitro del gusto neoclásico en España. Y precisamente así, rejuvenecido y delante del caballete, con la paleta y el pincel en la mano, decidió representarse él mismo en una de sus últimas obras, realizada hacia 1840.
El autorretrato es una de las obras más personales, meditadas y cuidadas que puede llevar a cabo un pintor. Supone un ejercicio de reflexión y autocontemplación, pero también de proyección hacia el espectador, y una cierta muestra de orgullo tanto personal como profesional, así ocurre en este caso, en el que el pintor se retrata con los atributos propios de su oficio. Esta obra, además, estaba destinada a la galería de retratos de artistas en la Accademia di San Luca en Roma y, por tanto, todas las características antes citadas se acentúan debido a su carácter oficial.
Destaca el cuidado que Madrazo dedica a cada detalle de este cuadro, comenzando por la técnica, ya que el autor se aparta del tradicional lienzo para utilizar cartón prensado, que da a la superficie pictórica un aspecto extraordinariamente liso y brillante. Además la obra está ejecutada de una forma especialmente depurada, tal y como puede apreciarse en el modelado de la cabeza, la plasmación de los rasgos del rostro, nariz recta, labios finos, frente despejada y mirada intensa, que proporcionan a la figura el aspecto de grave dignidad y cierta altivez con la que el pintor era descrito por sus contemporáneos.
La composición, perfectamente equilibrada, se enmarca dentro del esquema triangular tan apreciado por los neoclásicos; y, sin embargo, en este retrato podemos percibir también una cierta sensibilidad hacia el romanticismo, que comenzaba a emerger con fuerza en este momento, y del que su propio hijo sería uno de los principales exponentes. Así la elegancia de la pose y la renuncia a cualquier recurso decorativo, para centrarse en su propia efigie, remiten a la nueva corriente artística.
Madrazo también seleccionó con cuidado las prendas con las que está vestido: camisa blanca, levita negra, corbata de lazo blanca y un cuello de pieles que refleja su elevada categoría social y que le permite ostentar su maestría, puesto que los matices tornasolados, las sensaciones táctiles y la calidad de los brillos suponen toda una exhibición de sus capacidades como pintor.
Con una paleta de colores sobria, dentro de la tradición retratística española, que arranca desde Velázquez, Madrazo consigue realizar una obra de gran fuerza expresiva, a la vez elegante y contenida que, no es de extrañar, se ha convertido en la imagen más difundida del pintor.