Ciencia Y TÉcnica
Por Andrés Carrobles
Evaristo, sí: por Évariste Galois, el matemático del xix que murió en un duelo a los veinte años, sin poder desarrollar sus complejas y revolucionarias investigaciones, incomprendidas en su tiempo. Y Feito, sí: porque Evaristo López siempre tuvo la impresión de que, si no firmaba con sus dos apellidos, jamás llegaría a ningún olimpo, cosa que, por otra parte, tampoco llegó a suceder nunca.
Evaristo porque su padre era matemático: un matemático triste apellidado López, autor de una tesis doctoral sobre notación binaria; un sabio discreto que trabajó toda su vida poniendo ceros y unos, a su pesar, en la Facultad de Exactas de una universidad andaluza. Y Feito porque su madre era asturiana, y López Feito porque dónde se había visto un Teorema de González, una Hipótesis de García o un Corolario de López.
A López Feito le contaron en casa lo del Último Teorema de Fermat, eso de que an + bn = cn no tiene solución para a, b y c enteros y mayores de 2. Y le encantó, sobre todo, el halo de misterio del asunto: que Fermat hubiera muerto en 1665 sin llegar a esbozar para el lector una demostración «admirable», pero tan larga que no cabía en el margen de la página, y que a partir de entonces, durante más de tres siglos, no hubiera habido un solo matemático capaz de encontrar la prueba maravillosa, ni Euler ni Gauss ni nadie («Quién sabe si Galois lo habría logrado», le decía a López Feito su padre, «de haber vivido un poco más»), y que la cuestión estuviera así, a medias, en pleno 1984. De modo que el adolescente López Feito —entonces simplemente Evaristo—, tentado por la fatalidad, se dijo que no podía ser y que iba a dedicar toda su vida a encontrar la solución, a resolver el Último Teorema del gran Pierre de Fermat.
Tal osadía no es rara, ni mucho menos; sin duda más de un estudiante animoso tomó la misma determinación entre 1665 y 1993, fecha en que la resolución del teorema fue anunciada por el joven matemático inglés Andrew Wiles. Su demostración, que parte de la conjetura de Taniyama-Shimura y utiliza complejísimos procedimientos que el matemático francés no pudo conocer, ni de broma, a mediados del xvii, incluía un error que fue subsanado en un artículo de 1995; a partir de entonces, el problema se considera definitivamente resuelto y podemos decir que la crítica adopta alguna de estas tres posturas:
Ni que decir tiene que López Feito se inclinó, sin titubear, por la tercera opción. En su descargo hay que advertir que, en realidad, las dos primeras alternativas —que se podían formular conjuntamente en una sola frase: «No pierdan tiempo en esto»— ya llevaban mucho tiempo planteándose en la comunidad científica, y que sin embargo los matemáticos no hacían mucho caso de ellas. La Biblioteca Nacional madrileña incluye al menos tres folletos (de 1981, 1986 y 1987, respectivamente) de sendos autores españoles que afirman haber resuelto el teorema. ¿Profesores, estudiantes, aficionados? No lo sé, pero no importa. La historia está llena de falsas pruebas, de estrepitosos fracasos, de peleas silenciosas y solitarias; entre la a, la b y la c, siempre la c: el ser humano se engaña o miente, pero sigue buscando, por si acaso. Todo da igual, y a López Feito le dio igual todo.
Para cuando Wiles «resolvió» (pongámoslo entre comillas, mejor) el Teorema de Fermat, López Feito tenía veinte años y pocas conclusiones había podido sacar a esas alturas; desde luego, él no era Galois, pero tampoco tenía miedo. Así que, sin hacer ruido, acabó su carrera y comenzó su doctorado; y así, en busca de una solución que jamás descubriría, siguió estudiando, esbozando interpretaciones siempre incompletas, sin querer saber nada de los avances matemáticos de los siglos xviii, xix y xx, que Fermat no había podido conocer. Jamás publicó ninguna prueba; es que no tenía ninguna prueba.
No tuvo ánimos para batirse en duelo a los veinte, ni para suicidarse a los veinticinco, ni para llamar Pedro al hijo que no llegó a tener; murió en un accidente de tráfico dos semanas después de cumplir los treinta y uno, en 2004, un año que ni siquiera era primo, ni capicúa, ni redondo.