PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Quizá aburridas las parejas de atrezos edulcorados y ambientes impostados, los restaurantes han actualizado las «cenas románticas» ofreciendo nuevos atractivos que, además, se pueden disfrutar en grupo (parece que lo «romántico», para serlo, ha de ser cosa de dos… ¿hemos evolucionado tanto?): son las cenas medievales. No cenas románicas o cenas góticas, que no se trata de hilar tan fino, sino de comer (cenar) bien, sin mayores precisiones cronológicas. Bueno, algo más mistificado y complejo, que en poco tiempo ha desarrollado una variedad curiosa de modalidades, con o sin disfraz, con o sin simulacro de torneo, con o sin juglares… vamos, que la carta lo es más de escenografía y reparto que de viandas, que suele ir en plan degustación y no se puede elegir. Velas siempre sobre las mesas (pero luz eléctrica también), y burda heráldica industrial como elementos imprescindibles. Cera para iluminar y los blasones más kitsch, esto parece que quintaesencia lo medieval. A todo esto, surge una pregunta: ¿por qué siempre «cenas» y no comidas? Bueno, en el título de esta serie de rinconetes tenemos la explicación. Lo romántico es cenar… aunque lo romántico lo ambientemos en el siglo xii. Comer, sépanlo, no lo es, al parecer.
No importa que, muchas veces, el nombre de los platos haga imposible saber su contenido o, si identificamos el componente principal («filete a lo zorrocotroco», pongamos por ejemplo), se muestre opaco el resto del condumio que lo acompaña. ¿Qué llevará el zorrocotroco? Lo mismo son patatas, que capaces son… Capaces porque se pueden ver sin rubor, insertas en el menú de algún restaurante que ofrece estos «viajes en el tiempo», carnes «con papas y otras guarniciones moriscas», como sea que las carnes seguramente incluyen las de cerdo (ésas que los moriscos precisamente no tomarían) y como sea que las papas nada tienen de medievales, pues llegan a Europa en las carabelas que pusieron fin a ese periodo. Nos quedamos, pues, un tanto estupefactos, ayunos de coherencia y saciados, sí, de tanta charlatanería gratuita. Por supuesto, de pescados hay amplia variedad, y no siempre de río. Salvo en zonas costeras, y se vivía de espaldas al mar casi siempre, el pescado marino sería en escabeche o salazón. Pero esta limitación, por lo que se ve, no la asumen los empresarios hosteleros.
«Queimada con su espectáculo y conjuro», se publicita en un restaurante en medio de tierras abulenses. Los vinos de crianza son prácticamente obligados, aunque imagino que en las cenas de más euros serán reservas los caldos consumidos. En pagos de Sigüenza (Guadalajara) se ofrece reposar la comida con «café de puchero», eludiendo que los granos sin tostar acompañaron a las humildes y eficaces papas a la hora de saludar al Viejo Mundo. Sólo falta, que no lo sé, porque no se cuenta en la publicidad, que los manteles sean de algodón, y ya tenemos el completo. Bueno, siempre un chef creativo lo puede mejorar. No provoquemos. Aunque, a decir verdad, de todas estas variedades de gastronomocio (sic), la más exquisita, erudita e historiográfica es la que se organiza en Calatañazor (Soria). Si el pueblo es de los más bellos enclaves de Castilla, de los mejor conservados también, con ese aire medieval de verdad, había que ir más allá en el reclamo de la dieta, y ahí tenemos las diversas ediciones de «cenas mozárabes» (?!). No ya románica o gótica, como se decía antes: directamente, mozárabe. Eso sí es precisión.
No parece, por el contrario, que estas ocasiones de recrear el pasado se aprovechen para hacernos sentir otras prácticas vinculadas a la mesa que hacían del contexto del yantar un algo desde luego bien distinto a lo que sentimos ahora. Por ejemplo, comer del mismo puchero, una costumbre que parece que hoy repugna, cuando toda una batería de ajuar se despliega ante la mesa, con platos de inusitadas formas, cuberterías de diseño y juegos de vasos y copas de complicada distribución, y eso cuando no se trata de nouvelle cuisine, donde la tecnología de la presentación de los alimentos hace que necesitemos instrucciones para saber cómo han de practicarse las degustaciones. Las imposiciones del protocolo provocan, igualmente, la necesidad de un espacio personal para comer particularmente grande, cuando antes, con la táctica de la «cucharada y paso atrás», bastaba con una pequeñísima mesa, donde cupiera la olla de turno, y poco más, alternándose los comensales en sus acercamientos a la fuente alimenticia.
«Hoy comamos y bebamos, y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos…» decía la célebre letrilla puesta en música por Juan del Encina. Pues eso. Y dejemos las verosimilitudes históricas y los escrúpulos como los que aquí se exponen. Nos gusta la historia si viene en forma de «novela histórica», folletín televisivo, o pasquín turístico. Cuando se puede digerir fácilmente, en preparado ad hoc, vaya, aunque alimente menos, y de esto hemos tratado.