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Miércoles, 3 de agosto de 2011

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CULTURA Y TRADICIONES

Que las suegras y las nueras siempre se quisieron mal (2)

Por Ignacio Ceballos Viro

La imaginería popular ha utilizado la relación entre suegras y nueras como parangón de enemistades. Prueba de ello es la aplicación ingeniosa a los refranes y coplas (como vimos en una entrada anterior) e incluso a nombres de flores («la suegra y la nuera» o hippeastrum, porque florecen emparejadas evitando mirarse). Pero sin duda es en el romancero tradicional donde se ha imaginado hasta sus últimas consecuencias la tragedia de ese enfrentamiento.

Desde Chile hasta los sefardíes de Jerusalén, pasando por todas las provincias y distritos de España y Portugal se han cantado romances sobre suegras malvadas. En estos relatos la nuera siempre es víctima de una agresión por parte de la madre de su esposo, que puede ir desde el maltrato psicológico y laboral (en el famoso La noble porquera) hasta el mismo intento de asesinato. En estas circunstancias, por cierto, el instrumento de la crueldad de la suegra es el propio marido (su hijo), que es engañado y usado para tales fines perversos. En el romance La mala suegra escuchamos:

Si no me la matas, hijo,
no bebes más de mi vino    ni comes más de mi pan,
ni montas en mi caballo    como solías montar,
ni reinas en mis palacios    como solías reinar.

(Así se cantaba en Río Aller, Asturias).

Y, en efecto, el marido manipulado marcha y cumple sus deseos: en este romance irá a buscar a su mujer recién parida, la subirá por la fuerza al caballo y la traerá de regreso a su casa, lo que será fatal para ella, evidentemente:

Anduvieron siete leguas    sin hablar una palabra,
de las siete pa las ocho:     —Albora, ¿cómo no me hablas?
—¿Cómo quieres que te hable    si sé que me vas a matar?
El campo por donde vamos    regado de sangre va,
el anca de tu caballo    parece un fino coral.

El destino de la nuera parece estar sentenciado desde el principio en estos romances, aunque en algunos el desenlace sea inesperadamente «feliz», y el marido se arrepienta de lo que iba a hacer; se entiende que, dado el conflicto, no les puede ir bien a todos los personajes, y se busquen soluciones expeditivas:

Ya se va Fernando    a amolar su puñale.
Por matar a Alda    matara a su madre,
y a la mañanita    fue y casó a su padre.

(Versión sefardí de Tánger de La mujer de Arnaldos).

Pero ¿qué es lo que tiene la nuera que a la suegra le molesta tanto? En estos poemas narrativos las acusaciones son muy curiosas, y seguramente todas se puedan vincular de una forma u otra a cierta idea del honor mediterráneo. Hay acusaciones de infidelidad, como en un poco conocido romance que narra cómo someten a tentación a la nuera, llamado (lamento desvelar la intriga, porque el título lo dice todo) El marido disfrazado. Otras veces la suegra acusa a la nuera de no ser cumplidora en las tareas de la casa; otras, de haber puesto a la familia como hoja de perejil. Pero el romance llamado Mainés es el que menos intenta disimular el verdadero resentimiento de la suegra: sencillamente, que ella no ha podido escoger la pareja de su hijo, con quien tendrá que convivir (así en muchas sociedades tradicionales) hasta el fin de sus días. Dice la suegra en el romancillo sefardí:

Mal hayas tú, nuera,    y quien te ha parido:
antes que me vieras    tú suegra me has dicho.
Mal hayas tú, nuera,    y quien te ha criado:
antes que te viera    suegra me has llamado.

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