MÚSICA Y ESCENA
Por Alba Bergua Muntoner
Hace poco, en una larguísima charla de café —de Café-Obrador literario, en realidad— que se prolongó durante tres días en La Bagatela (Madrid), alguien aludió a los textos escritos con una sola vocal. Y salieron los de siempre: que si el relato atribuido a Rubén Darío, que si los cuentos de Jardiel Poncela, que si los poetas del Barroco. Uno dijo que también se hacían cosas así en la música y mencionó a León Gieco y al rapero Nach. Enseguida, otro muy entusiasta se levantó de la silla y empezó a declamar, con un dedo en alto y de memoria:
En el vergel del Edén, embébese Esther del leve mecer del relente: —Excelente, vegeté tres meses en el éter… ¡fetén!
De repente Pepe, ese mequetrefe que es el gerente de Mercedes Benz, se yergue de entre el verde césped, emergente el repelente pene.
«¿Eso es de Perec?», preguntó alguien. Y no, no lo era. «Qué va, es de Mamá Ladilla», respondió el trovador, y no dijo nada más. El relato quedó incompleto.
Después, ya en casa, comprobé que En el vergel del Edén incluye una frase («Que te enteres: mereces fenecer en el retrete, entre heces que defeque Peret») en la que no sé si el nombre propio rinde homenaje al maestro de la rumba catalana o si es una errata que celebra al autor oulipiano (o, ya que estamos, al poeta surrealista). Lo que sí sé es que la canción cierra un disco de título también monovocálico: Analfabada (2002); y que el cantante del grupo, curiosamente, se apellida Abarca.
Una semana después, una amiga que no estaba en aquel café me envía dos canciones de Mamá Ladilla. Una es, de nuevo, En el vergel del Edén: «Mira, una de esas cosas que a ti te gustan», me dice. ¿Qué mejor excusa que esa coincidencia para ponerme a investigar?
«Ellos definen su estilo como punk-rock progresivo y zafio», dice la Wikipedia a propósito de estos chicos. Y zafios (y escatológicos) son un rato, desde luego; no hay más que escuchar el salmo El Mofeta Elías o la relectura Devórate otra hez, títulos donde se advierte que a los miembros de ese grupúsculo (así se hacen llamar) les gusta jugar con las palabras. Más letreros, rótulos, carteles, botones: los discos Requesound, Power de mí, Autorretrete o Jamón beibe; las giras oficiales Borriquito como tour, Abuelito dime tour o Autorretretour; las canciones Fuenteborreguna y Analfabestia (un adjetivo que yo ya había oído en Mafalda); versiones infantiles como Hey Tripi o sentencias a lo divino y a lo humano como Yonkis go home o In Ros We Cachis.
Y juegos paronomásicos, unos mejores y otros peores. Así, en la canción protesta Atente a tu tonta tarea: «Mi atenta antena detecta en ti tu talante tan insensato / y cómo tan tontamente tantea a tientas tu mente de mentecato. / Tener que tener este ten con ten contigo es un tanto ingrato»; en el comienzo de la compulsiva Loli lee: «Loli lee el Hola. / (Loli lee, Loli). / El Dalai Lama le mola. / (Loli lee, Loli)»; en el estribillo de la costumbrista y sabatina Aparta, papá: «Aparta, papá, que te empapa la papa»; en el final de la trágica Pablito clavó un clavito: «Se ríen de su serrín». Y rimas encadenadas, como en Pintamonas: «Zoquete, zoquete. / ¿Qué te he hecho yo, caramba? / Carámbanos en tu alma, / almacén de nada». Y el lema cíclico, sin fin, de Soy un fumador: «Las autoridades sanitarias advierten que / yo me cago en las autoridades sanitarias advierten / que yo me cago en las autoridades sanitarias». Por ejemplo.
La otra canción que me envió mi amiga, Risión cumplida, acumula, sin orden ni concierto, sustantivos de idéntica estructura rítmica, en cláusulas tetrasílabas —desde benemérita hasta trapisonda, pasando por Sabiñánigo, uralita, botarate, paramecio, pinzamiento o Titicaca— que ríete tú del Nocturno de José Asunción Silva. Y muy similar a ella es Cunnilingus post mortem, cuyo título ya juega con una lengua muerta que no termina de abandonarnos: «Penitenciagite, / homo homini lupus, / amanita faloides, / opus dei vade retro, / superavit de incognito, / habitus delinquendi, / ora et labora, / abyecto curriculum»; a veces, por sorpresa, aparecen allí los teletubbies o el Pijus Magnificus de los Monty Python.
«¿Sabrán ellos que esto es, técnicamente, un lipolexe?», me pregunto. Mientras pienso la respuesta, sigo navegando por la página electrónica de la banda. Y allí descubro que su disco-libro Jamón beibe «de postre incluye una ensalada de palíndromos de tres páginas».
«O sea», concluyo emocionada: «que sí, que seguro que sí».