MÚSICA Y ESCENA
Por Alba Bergua Muntoner
«Medallas de oro para la Duquesa de Alba, Julio Iglesias y Esplá», dice el titular de una noticia publicada en El País el último 27 de febrero. Toma ya. Y abajo, con letra más pequeña: «Entre los premiados están Isabel Muñoz, Juan Gatti y Joaquín Cortés». Se trata de la medalla de las Bellas Artes que concede el Gobierno, y junto a estas tres puntas de lanza (las de arriba, que en El País digital salen con su foto y todo) se citan brevemente los nombres de los otros veintidós premiados. Uno de ellos, el primero en aparecer tras los protagonistas absolutos de la noticia, es «el cantante y compositor Kiko Veneno». No está mal para los tiempos que corren.
El primer recuerdo que de Kiko Veneno tenemos muchos de los de mi generación está ligado, como los primeros recuerdos de Santiago Auserón/Juan Perro, Pablo Carbonell, Javier Gurruchaga, Loquillo o Pedro Reyes, a La Bola de Cristal. Kiko sale allí con la cara pintada, un cráneo de tamaño imposible, tornillos en el cuello y una cicatriz que le cruza la frente. Vestido de negro, se mueve con torpeza mientras, con los ojos en blanco, canta «Me siento tan feliz». No es para menos: ella (Olvido Gara, Alaska) se ha enamorado de él; él, por ella, está dispuesto a olvidar «a las niñas pavas».
Quienes ya tenían edad para escuchar música a finales de los setenta quizá lo conocieron antes, en 1977, cuando se publicó el disco Veneno, nombre del grupo formado por Kiko y los hermanos Rafael y Raimundo Amador. Pero seguramente no; ese disco de rock callejero, o de flamenco rock, con rumba y funk y alegría salvaje, como se ha definido muchas veces, apenas tuvo repercusión en su momento. Tal vez fue un poco más tarde, cuando en 1979 participó en aquel disco de Camarón, La leyenda del tiempo, para el que escribió la que acaso sea su canción más conocida, «Volando voy». Si no, es probable que hasta 1992, con Échate un cantecito, haya seguido pasando obstinadamente desapercibido para el público, a pesar de que su primer disco en solitario, diez años antes, tuviera un nombre como Seré mecánico por ti.
Hasta el año olímpico de los cantes no pudo vivir de la música; mientras tanto, después del disco con Camarón, trabaja en un chiringuito de Conil de la Frontera donde, como confesará en una entrevista a Eduardo Tébar, le pone los cubatas a Joselito, el de la voz de oro, ese que de puerto en puerto va dejando su cuplé. Entonces, cuenta en otra entrevista, después de quince años luchando por hacer música, de pronto llega un señor inglés de treinta años, «que no había escuchao flamenco en su puñetera vida», que ni sabía lo que era una guitarra española, que no había estado en Andalucía, que no tenía ninguna referencia sobre su música y, simplemente, «por ser músico, por ser profesional y por tener buen corazón, consiguió plasmar el corazón que tenían esas canciones». Ese inglés era Joe Dworniak y también produjo, en 1995 y 1997, los dos discos siguientes de Kiko, Está muy bien eso del cariño y Punta Paloma. Volverían a trabajar juntos: en 2000 con La familia pollo, en 2005 con El hombre invisible y ahora, ahora mismo, con Dice la gente, ese disco tan esperado del cual Kiko nos informa a través de la red.
Pero antes, en 1998, llega Puro veneno y a Kiko ya le han crecido unas alas de tiza en la espalda. Son catorce nuevas versiones de canciones antiguas grabadas en directo, solo o acompañado por los amigos, y con una muy buena banda detrás. Con Martirio canta En un Mercedes blanco, con Andrés Calamaro Lobo López, con Albert Pla Reír y llorar, con Juan Perro Memphis Blues, la adaptación del clásico de Dylan, y Raimundo Amador le pone la guitarra a Farmacia de guardia y a Volando voy. Por cierto que tanto esta última canción como «Los managers» las graba ahora su autor por primera vez. Este disco es su grandes éxitos particular; y se le nota cómodo, tranquilo, sin ninguna prisa, cantando con alegría, como si no lo supiera.
Dice Martí: «Será inmortal el que merezca serlo». Dice Kiko Veneno: «Que la flor de la noche, / es pa’ quien la merece». En el fondo, no son cosas tan distintas. Y sin duda lo debe de saber este andaluz de Figueras que, despacito y a su aire, no necesita medallas de Bellas Artes para ganarse todas las flores.