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Jueves, 26 de agosto de 2010

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CULTURA Y TRADICIONES

Inventos españoles (9). El futbolín

Por Pablo Martín Sánchez

Unos dicen que no vale chutar desde la media. Otros, que no pueden pararla los delanteros. Los más sostienen que hacer la ruleta es de tramposos. Y los menos, que marcar de vaselina con el portero es de cobardes. Pero lo que pocos jugadores de futbolín saben es que el padre del invento nació aquí al lado (aunque fuese el fin del mundo): en Finisterre, concretamente.

Se llamaba Alejandro Campos Ramírez y tenía ínfulas de poeta. Amigo íntimo de León Felipe, de quien llegaría a ser albacea, fue también editor e inventor. Como él mismo explicó en numerosas ocasiones, la idea del futbolín (que en otros países hispanos llaman futbolito, taca-taca, canchitas o metegol) le sobrevino en 1936, al comienzo de la Guerra Civil, tras ser alcanzado en Madrid por la onda expansiva de una bomba tirada por los nazis. Herido gravemente, fue trasladado a Valencia, donde le ingresaron en un hospital junto a otros mutilados de guerra. Allí se dio cuenta de que una de las mayores desgracias de quedarse cojo era no poder darle patadas a un balón. Pero si existe el pimpón, se dijo un buen día, ¿por qué no inventar el fútbol de mesa? Pocos meses después patentaba el juego en Barcelona, junto a un sistema para pasar las hojas de las partituras sin tener que usar las manos. Y es que entretanto se había enamorado locamente de una pianista.

Consumada la derrota del bando republicano, huyó a Francia atravesando a pie los Pirineos. En el macuto llevaba poco más que una lata de sardinas y una patente de futbolín: la primera fue digerida por su estómago, la segunda desintegrada bajo la lluvia. Y así fue como se perdió el diseño original del invento de don Alejandro. Sin embargo, antes de abandonar la madre patria, el aspirante a poeta había hecho construir un ejemplar a un carpintero vasco, por lo que poco a poco —sin que su progenitor tuviera constancia de ello— el futbolín empezó a expandirse por la Península con su ejército de pinochos futboleros.

La palabra futbolín entró en el Diccionario de la Real Academia en 1970 y actualmente sigue siendo uno de los juegos más populares de la Península. Existe incluso una Federación Española de Futbolín (FEFM) que lucha con denuedo para que el invento de Alejandro Campos Ramírez sea aceptado oficialmente por la Federación Internacional (ITSF). ¿Cómo?, se preguntará el lector. Y aquí es cuando nos vemos obligados a revelarle un secreto que tal vez le duela en el alma: no todos los futbolines que hay en los bares españoles proceden de aquella patente que se perdió en los Pirineos. Es más, si es usted de los que prefieren los futbolines con jugadores de una sola pierna (como los que suele haber en Madrid), sepa que no está haciendo país: los vernáculos son los de dos piernas. Los primeros proceden de algún lugar de Europa, donde también hubo guerras y hospitales y cojos con ganas de seguir jugando al fútbol. Y desde allí entraron a España a través de la Villa y Corte para hacerle la competencia al invento de don Alejandro.

Ciertamente, no deja de ser irónica la cosa: que un gallego rengo inventara el metegol dotando de dos piernas a sus muñequitos y ahora venga la ITSF a imponer el taca-taca monofemoral. Mi amigo José Ángel dice que es para evitar los caños, el muy guasón, a lo que yo replico —haciéndome el galeno— que es para reducir el riesgo de lesiones, pues todo el mundo sabe que en el futbolín no se pueden cambiar jugadores.

Y ahora resulta que las federaciones de medio mundo se han unido para que el COI declare el fútbol de mesa deporte olímpico. Pero me da a mí que no va a prosperar mientras se siga jugando en los bares.

Por lo del control antidoping, digo.

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