Cine y televisión
Por Josefina Cornejo
Victorio, el hijo del zapatero del pueblo, se hizo el valiente. Habría preferido correr la misma suerte que su hermano Jesús y su amigo Ceto, los que le convencieron para presentarse al reconocimiento médico. Él fue el único que superó las pruebas. El médico alemán confirmó lo que había dictaminado el español: era apto para trabajar en Alemania. Tú vete, le dijeron, y la vida se le complicó en un momento. El 2 de octubre de 1962 metió algo de ropa en una maleta, se despidió de su mujer, a unas semanas de dar a luz a su primera hija, y en la estación de ferrocarril de Salamanca subió al tren que le alejaría de la dureza y el hambre de la Castilla rural y que le acercaría a la prosperidad. Victorio fue uno de los dos millones de emigrantes españoles que a lo largo de la década de 1960 salieron del país para llamar a la puerta de la rica y desarrollada Europa. Sin saber qué les esperaba en su destino, se aventuraron con un equipaje cargado de sueños y esperanzas, y sobre todo de miedos y frustraciones.
Yo, que me he aupado a ese tren en infinidad de ocasiones, cada vez que mi padre —sí, Victorio es mi padre— rememora su periplo a través de España y Francia hasta llegar a Alemania, invito a quien lea estas líneas a acompañar a Josefina Cembrero en El tren de la memoria (2005), documental escrito y dirigido por Marta Arribas y Ana Pérez, en un recorrido histórico y sentimental que la transportará a la ciudad alemana de Núremberg, el mismo que realizó hace cuarenta años. Con su ópera prima —estrenada en numerosos festivales internacionales y galardonada con multitud de premios— las directoras dan voz a los protagonistas de una parte de nuestra historia muchas veces olvidada. Con una narración a la par directa y desgarradora, en la que no faltan algunas notas humorísticas, reconstruyen el éxodo de la primera generación de españoles a la —como a Juan Goytisolo le gusta afirmar— cercana, pero culturalmente remota Europa, más allá de los tópicos perpetrados por el cine de la era franquista. El testimonio de Josefina y de otros emigrantes y la participación de todos los que de algún modo vivieron este desplazamiento masivo (cónsules, agentes de aduanas, sacerdotes, trabajadores sociales…) componen un mosaico de memoria colectiva adornado con imágenes y grabaciones ocultadas por el régimen de Franco y rescatadas de los archivos fílmicos de los países de acogida, que muestran el abismo existente entre la historia oficial y la realidad.
El tren de la memoria desmonta varios tópicos. Al contrario de la versión oficial, no todos los que emigraron tenían los documentos en regla ni viajaron con un contrato. La mitad eran trabajadores clandestinos y muchos analfabetos. En opinión de las cineastas, las películas y los noticieros de la época maquillaron convenientemente la historia de la emigración española. En su documental poco recuerda a Vente a Alemania, Pepe (1971), la película de Pedro Lazaga que, a caballo entre la comedia y el drama, reflejaba la escasa adaptación española al nuevo país y la añoranza por lo bien que se vive en la piel de toro. De la imagen folclórica y edulcorada de la emigración interpretada por actores como Alfredo Landa, José Sacristán y Tina Sainz, pasamos al drama de personas reales que en apenas unas horas cambiaron un mundo rural subdesarrollado y empobrecido por un mundo industrializado. Los recuerdos de todas ellas dibujan un relato doloroso. Fueron tiempos difíciles para los españoles en Alemania: sus primeros años estuvieron marcados por, además de la barrera lingüística, la desinformación y la marginación. Trabajaron en ocasiones en condiciones muy duras —«pura mano de obra barata»— y es que Josefina y los demás llegaron dispuestos a trabajar de sol a sol a fin de llenar la hucha con los preciados marcos, esenciales en el crecimiento económico de España en las décadas de 1960 y 1970. Como se afirma en algún momento en la película, las suyas fueron vidas de burro, «comer para trabajar y trabajar para comer».
La supuesta prosperidad de los españoles en la película de Lazaga tiene un contrapunto en el largometraje de Arribas y Pérez. Si la primera presentaba a un grupo de españoles sumisos y complacientes que soportaban todo tipo de humillaciones (recordemos la escena en que Landa, haciendo de maniquí humano en un escaparate, es el hazmerreír de los transeúntes), los protagonistas de la segunda se organizaron y rebelaron contra un sistema abusivo. El tren de la memoria evoca el despertar de los primeros españoles emigrantes, que comenzaron a tomar conciencia de sus derechos y a pelear por ellos. Lideraron una lucha obrera y sindical, impensable en la España de Franco. Nos cuentan que se echaron a la calle, protagonizaron huelgas, ocuparon iglesias, paralizaron fábricas y consiguieron que el país de acogida regulara con mejor tino y equilibrio los derechos y deberes de los trabajadores extranjeros. Fueron un grupo de valientes que facilitó el camino a la siguiente generación.
Marcharon para unos meses, y se quedaron años. No son pocos los que manifiestan sentimientos contrapuestos y admiten llevar en su corazón el país donde vivieron, nacieron sus hijos, hicieron amigos y echaron raíces. Que se lo pregunten a Victorio, que prefiere no pensar en un partido entre Alemania y España.