ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
A su vuelta a los Países Bajos desde Italia, en 1627, van Dyck recibió numerosos encargos, tanto de cuadros religiosos como de retratos por parte de la burguesía de Amberes y de la aristocracia de Bruselas. Por esos años, a finales de la década de los veinte y principios de los treinta, van Dyck también retrató a numerosos amigos, entre los cuales figuraban el pintor Martin Ryckaert, el editor y marchante francés François Langlois (National Gallery de Londres), el grabador Paulus Pontius (Museo del Prado) y los músicos profesionales Nicholas Lanier (Kunsthistorisches Museum de Viena) y Hendrik Liberti (Museo del Prado). A estos músicos se suma el joven del archilaúd que aparece en este cuadro del Museo del Prado, identificado por algunos investigadores como Jacques Gautier, un músico francés de la corte inglesa que tocaba la tiorba. Pero no se parece a Gauthier, al menos a partir de otros retratos que conocemos de él. El joven pudo ser un músico profesional pero también pudo ser un miembro de la burguesía acomodada de Amberes que quiso retratarse como músico amateur, al igual que lo hizo el citado François Langlois, a quien van Dyck pintó en atuendo de pastor y tocando una pequeña gaita o musette. De hecho, algunos prestigiosos músicos se hacían retratar sin instrumentos. Así, Nicholas Lanier, cantante, compositor e intérprete de laúd al servicio del príncipe de Gales, aparece sólo con una espada y Hendrik Liberti, amigo de van Dyck y organista de la catedral de Amberes, porta en la mano una partitura. El elegante atuendo y la espada (cuya empuñadura brilla junto a su mano derecha) podrían indicar la noble condición de este desconocido del museo madrileño.
El modelo posa con un archilaúd o guitarrone, que sostiene por el traste con las dos manos: la derecha abajo, con el pulgar sobre las cuerdas, y la izquierda situada más arriba. Con ésta agarra también su capa que oculta en parte el instrumento. El archilaúd, de la misma familia que el laúd y la tiorba, fue desarrollado en Italia a finales del siglo xvi para acompañar a las voces solistas. Se necesitaba un instrumento con resonancias graves que, a modo de bajo continuo, sostuviera y realzara el canto. Por eso se prolongó el mango o mástil y se añadieron cuerdas graves a las seis dobles del laúd clásico y un segundo clavijero. Esas cuerdas añadidas no llegaban al traste lo que permitía su resonancia libre. Además, los intervalos entre los trastes eran más anchos y por eso no se podía tocar con un movimiento rápido de dedos como el laúd ordinario. En el siglo xvii el archilaúd alcanzó gran difusión y se hizo indispensable en las orquestas barrocas del xviii como bajo continuo, aunque también empezó a usarse como instrumento solista. Entre los nobles de la corte francesa era frecuente encontrar laudistas aficionados, como el propio rey Luis XIII, y la moda no tardó en llegar a la Inglaterra del siglo xvii. Allí el archilaúd llegó a sustituir a la tiorba, lo que quizá sugiera que el joven retratado era de origen inglés.