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Viernes, 13 de agosto de 2010

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Música y escena

Eppur si muove (VI). ¿Pero de quién es esto?

Por Alba Bergua Muntoner

¿Recuerdan cuando todos pensábamos que Contamíname era una canción de Ana Belén y Víctor Manuel? Ah, qué tiempos…

Pero no. Salió al mercado Golosinas y nos tuvimos que acostumbrar a lo nuevo; a lo nuevo que en realidad era lo viejo, o lo original, vaya. Y esa vez no nos costó demasiado —digámoslo ya: no nos costó nada en absoluto— sustituir a la ya entonces eterna pareja por aquel tipo de dentadura inconfundible que cantaba tan bajito. Pero no siempre tenemos la misma suerte. Y es que qué culpa hay de llegar tarde a ciertos lugares; yo también fui de las que escucharon antes el «Romance de Curro el Palmo» con la voz de Antonio Vega.

Aquello era, ¿se acuerdan?, en el disco-homenaje Serrat… eres único, donde aparecían versiones tan buenas como las de «Señora» (Los Enemigos) o «Fiesta» (Tahúres Zurdos), entre otras. En los mejores casos, las canciones parecían hechas de primera mano. Incluso a veces también podíamos encontrar pequeños homenajes dentro del homenaje, porque algunos de los per-versionadores no solo se atrevían a llevarse a su campo ritmos y acordes, sino que además se permitían cambiar ligeramente una palabra, un verso, una estrofa como ofrenda para el compañero. Así, en aquel disco de Serrat, Joaquín Sabina terminaba su «No hago otra cosa que pensar en ti» con un serventesio nuevo y la vaga sospecha de que aquellas musas que parecían de vacaciones andaban, en realidad, con su primo: «No hago otra cosa que pensar en ti, / pero los versos huyen de mis manos. / Y es que hoy las musas han pasao de mí; / se habrán ido con el Nano». Sabina lo volvería (y sin duda lo volverá) a hacer muchas veces: una de las últimas ha sido en el homenaje a Javier Krahe, donde convierte al mítico personaje Don Andrés Octogenario en un que ni pintado Don Javier Sexagenario.

Luego hay otro tipo de versiones y tributos, de esos que ya no llevan en la carátula del disco en cuestión el subtítulo «Homenaje a…» y que, por más cristalina que sea la fuente, a veces nos pasan por alto o nos llegan antes que la obra primera. Imaginen qué placer y qué desazón descubrir, una tarde lluviosa de Kiss FM, que la música de Sweet Home Alabama es idéntica a la de Miña Terra Galega, que llevaban cantando tanto tiempo y que ahora comprenden mucho mejor; o que el Memphis blues del gran Kiko Veneno había sido antes de Bob Dylan (en caso de que Dylan no lo hubiera tomado de otro sitio, que nunca se sabe; ya había convertido en su casa esa House of the risin’ sun). Y así hasta el infinito. Imaginen, saboreen entonces ese momento impagable de la desconfianza, cuando ya no sabemos qué fue antes, si el huevo o la gallina.

Si hay que citar a un grupo de los últimos años que haga de la versión una poética, cómo no rendirnos ante Los Petersellers (sí, sí: los mismos que escribieron el himno «Intelectual, / intelectual, / intelectual, / cabrón»). Allí caben relecturas mezcladas de los Ramones, la Pantera Rosa, Raffaella Carrá, The Who y Heidi, por hablar de los manantiales más conocidos. Hay quien dice que el estilo de estos iluminados combina un poco de rock duro, otro poco de techno y otro poco de pasodoble. No es raro que uno de sus discos se llame Contra la amenaza del Dr. Thedio.

Lo cual me recuerda que en la tele, hace años, había un programa musical que ojalá siguieran echando. Se lo habían inventado los de La Trinca; lo presentaba Constantino Romero. Se llamaba La parodia nacional y los concursantes, basándose en melodías más o menos célebres, componían letras que hablaban de la actualidad política y social y que luego cantaban rapsodas de la talla de Loli Panoli, Vanessa Puñales o Curro Candelas. Si la letra era buena, te partías de risa.

Entonces, imaginen ahora a un concursante que está escribiendo para La parodia nacional una versión de Miña Terra Galega mientras de fondo suena Kiss FM (en el caso hipotético de que ambos programas hayan podido coincidir en el espaciotiempo). Si en ese instante, mientras el juglar da los últimos retoques a su obra, escucha por primera vez en su vida el Sweet Home Alabama, entonces, como diría Coleridge, ¿entonces qué?

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