CIENCIA Y TÉCNICA
Por Pablo Martín Sánchez
Si a menudo resulta difícil determinar a ciencia cierta la paternidad de los inventos, en el caso del submarino la tarea es doblemente complicada, pues ni siquiera el nacionalismo nos sirve esta vez para inclinar la balanza: dos españoles, Narcís Monturiol e Isaac Peral, se disputan el título mundial a brazo partido, mientras italianos, franceses, norteamericanos u holandeses jalean a sus representantes para que crucen la meta en primera posición.
Unos dicen que Leonardo da Vinci diseñó un rudimentario artefacto subacuático ya en 1490. Otros aseguran que en 1620 el holandés Cornelius Drebbel le puso un techo a una barca, la recubrió de cuero engrasado y la sumergió en el río Támesis con doce remeros dentro, que respiraban a través de un tubo. Conocido es también el invento del estadounidense David Bushnell, quien en 1773 construyó el Turtle (‘tortuga’, en inglés), un prototipo de bote sumergible individual con fines bélicos. Y más célebre es aún el Nautilus de su compatriota Robert Fulton —que inspiraría a Jules Verne para escribir Veinte mil leguas de viaje submarino—, cuya construcción fue subvencionada por el emperador Napoleón Bonaparte.
Pero ninguno de estos precursores resolvía plenamente las dificultades de la navegación subacuática, que estriban en «la construcción de un aparato que sea capaz de descender dentro del mar, detenerse donde quiera, moverse en todas direcciones, volver a la superficie y navegar por ella; que pueda estar indefinidamente sumergido sin que esté en comunicación con la atmósfera». Son palabras del propio Narcís Monturiol, inventor catalán y uno de los principales impulsores del comunismo cabetiano en España, que intentó dar solución a estos problemas con sus dos versiones del Ictíneo. Fue en 1856 cuando Monturiol, refugiado en Cadaqués por motivos políticos, tuvo la idea de construir un navío sumergible para aliviar el trabajo de los pescadores de coral. Dos años después el Ictíneo I comenzaba a construirse en los talleres Nuevo Vulcano: medía seis metros de eslora, tenía forma de pez y capacidad para seis tripulantes. Las primeras pruebas no lograron los resultados esperados, pero en septiembre de 1859 el submarino de Monturiol consiguió navegar durante más de dos horas en las proximidades del puerto de Barcelona. Había nacido una leyenda.
Sin embargo, quedaban diversos problemas por solucionar, como la escasa velocidad y capacidad de maniobra o la imposibilidad de soportar grandes presiones, por lo que Monturiol emprendió la construcción del Ictíneo II, esta vez concebido con fines militares. Para ello pidió diversas subvenciones a los Ministerios de Marina y de Fomento, que no vieron ninguna utilidad en aquella alocada idea surgida de la peligrosa mente de un socialista utópico. Y aunque el empecinado inventor no se dio por vencido e intentó autofinanciarse con la creación de diversos utensilios (como una máquina para confeccionar cigarrillos o una herramienta para serrar piedras), el proyecto terminó en rotundo fracaso: los submarinos fueron subastados, embargados y finalmente desmontados en 1868. A Narcís Monturiol no le quedó más remedio que descargar su bilis escribiendo Ensayo sobre el arte de navegar por debajo del agua, donde aseguraba que el fiasco del segundo Ictíneo fue debido, única y exclusivamente, a la falta de financiación.
Así, hubo que esperar hasta 1885 para que el murciano Isaac Peral vengara la suerte de su predecesor: a raíz del conflicto de las Carolinas y utilizando la electricidad como medio de propulsión, consiguió construir por primera vez un submarino militar realmente práctico… con el permiso de italianos, franceses, norteamericanos y holandeses.
Y del capitán Nemo, claro.