ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Para frenar el avance de los turcos hacia el corazón de Europa y su implacable dominio en el Mediterráneo, los estados ribereños más potentes, es decir, España, Venecia, Génova y los Estados Pontificios, se unieron en la Liga Santa y protagonizaron una de las batallas navales más famosas de la historia: la de Lepanto, en 1571. Venecia aportaba a la Liga casi tanto como España en lo que se refiere a fondos y a naves, si bien el general al frente fue don Juan de Austria. El capitán general de la potente armada veneciana era Sebastiano Venier, que se hizo retratar por Tintoretto en victorioso ademán, con su armadura y una capa púrpura, ante una imagen de la batalla. En 1577, Venier fue elegido dogo de la Serenísima República. Como él, otros muchos militares venecianos participantes en Lepanto se hicieron retratar con sus armas y brillantes armaduras, símbolo tanto de su triunfo como de su elevada posición. Entre ellos se cuenta el personaje anónimo que aquí mostramos, un hombre de edad avanzada con mirada orgullosa y gesto gallardo, pintado entre 1570 y 1575. Aunque era falsa la inscripción que lo identificaba con el propio Venier, eliminada del cuadro en 1951, su apostura indica sin duda su ilustre condición. Del lienzo sabemos apenas que perteneció al marqués de Leganés, don Diego Mesía y Guzmán, quien se lo regaló a Felipe IV.
La trascendencia que Lepanto tuvo para los venecianos se evidencia asimismo en el encargo que hizo el Senado al Veronés, pintar una Alegoría de la Batalla de Lepanto para decorar una sala del palacio ducal. Su triunfalismo y su alegría no eran para menos: los venecianos recuperaron el control comercial del Mediterráneo tras enviar de nuevo a sus agentes a los puertos orientales. De hecho, tan solo tres años después de la conflagración, en 1574, arribaba a Venecia el nuevo embajador turco, encargado de negociar con la Serenísima República un convenio de buen entendimiento. El embajador en cuestión se llamaba Salomón de Udine y era un destacado miembro de la comunidad judía de Constantinopla. Su llegada causó cierto desconcierto puesto que coincidía con una oleada de expulsiones de judíos en toda Europa y particularmente en Italia. El Senado veneciano aplazó la medida ante la presión de ciertos diplomáticos venecianos como Marcantonio Barbaro, que había sido bailò o embajador veneciano ante la Sublime Puerta antes de Lepanto. Gracias a Marcantonio Barbaro, Salomón de Udine fue recibido con todos los honores en el palacio ducal e incluso obtuvo del Senado veneciano la promesa de que sus correligionarios recibirían protección en la república veneciana. El imperio otomano acogía a los judíos expulsados de Europa desde el siglo anterior: en 1492, por ejemplo, el sultán Bayaceto II (1481-1512) ofreció sus barcos a los judíos sefardíes que salían de España por orden de los Reyes Católicos. Según la tradición, Bayaceto recibió a los exilados en el puerto de Constantinopla con estas palabras: «Vosotros decís que Fernando es un rey sabio, él que, desterrando a los judíos, ha empobrecido su país y ha enriquecido el mío».