Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
La tarde de finales de agosto de 1987 en que un sicario descerrajaba seis disparos al doctor Abad en la ciudad de Medellín marca sin duda el momento de clímax del libro (confesión, testimonio, diálogo íntimo, memorial de agravios y desolaciones) que su hijo, el novelista Héctor Abad Faciolince, le dedica a modo de elogio y elegía conjuntamente. Llevaba el doctor en su bolsillo un papel con la copia de un poema de Borges que dice «Ya somos el olvido que seremos…», verso inicial que, recortado, queda en este El olvido que seremos (2007), título que es un hallazgo bello, entrañable, trascendente para un libro que lo es en su totalidad como emotivo retrato paterno, como reflejo de la intimidad del escritor, como variopinta crónica familiar y panorámica implacable —¡cómo no!— de la violencia y la muerte en Colombia.
Tiene este libro los mejores resortes de lo narrativo: contiene una historia de hondo y atractivo calado humano, un protagonista de una talla vital, existencial y social fuera de lo común y unos detalles en el forjado de la anécdota que revelan al narrador de instinto y de formación, al escritor que vive con pasión su oficio y que en entregas anteriores como Tratado de culinaria para mujeres tristes (1996) ha demostrado, en la variedad de tonos, temas y asuntos narrativos, su alta versatilidad.
En El olvido que seremos, al socaire de la pintura familiar, entra el escritor —entre comprensivo y crítico— en la tradición católica del país con su tufillo santurrón e intolerante, hasta fanático. En el mismo orden crítico, la izquierda política no se libra del peso del sectarismo, el dogmatismo y sus coqueteos con la lucha armada. El centro de la trama lo ocupa una víctima, un crucificado de anunciado sacrificio en quien el escritor ha volcado no poco encanto en sus afectos y pasiones, en su forma abierta y tolerante de ver la vida, en su ética intachable, en su lucha por mejorar higiene, sanidad pública y condiciones de vida de los más desfavorecidos de su país, en su voluntad política de liberal-reformista y en su férrea oposición a la corrupción de la política gubernamental encenagada en el crimen y el enfrentamiento cívico-militar y social.
Confluyen en El olvido que seremos, a ratos tierna y lírica, a ratos dotada de desenfado irónico, virulenta en algunas denuncias de atroces vejaciones contra el ser humano y hasta —por poner tal vez su única tacha— excesiva frente al dolor de morir (casos del doctor y de su hija Marta); confluyen, decimos, el recuento amorosamente demorado de recuerdos, acontecimientos o vivencias con la intensidad emotiva que perfila no pocos personajes, algunos de ellos sólo fugaces presencias. El resultado es que la palabra transmite, delicada o fuerte la autenticidad del vivir y de las vidas, la complejidad (o la sencillez) de la intimidad de las gentes y las servidumbres, placeres y dramáticos avatares de la convivencia y las relaciones humanas, en lo individual y lo comunitario. Un libro, El olvido que seremos, que se despeña finalmente para acercarnos al acabamiento y el olvido y al territorio de las ausencias y las sombras. Pero hasta de tales trágicos términos afirma la certidumbre que las palabras, el lenguaje erigen en estas páginas. Una inevitable catarsis y excelente y agridulce narración que fija con doloroso apasionamiento lo que parece ser el destino de un país que viene devorando, inmisericorde, a muchos de sus mejores hijos: Colombia.