Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
El cuadro de La Coronación de la Virgen fue pintado por Diego de Silva Velázquez en torno a 1635-1636 para el Oratorio de la Reina en el Alcázar de Madrid.

Diego Velázquez de Silva (1599-1660): La Coronación de la Virgen (detalle)
Óleo sobre lienzo, 176 x 124 cm
Núm. de inventario: 1168
Completaba una serie de nueve cuadros con el tema de las Fiestas de Nuestra Señora, pintados por Alessandro Turchi en Roma y enviados a Madrid hacia 1635 por el cardenal Gaspar de Borja y Velasco, embajador español ante la Santa Sede. Este cuadro solía datarse en 1640, aunque recientes análisis estilísticos y técnicos han permitido situar su realización inmediatamente después de la Rendición de Breda, fecha que coincide con la llegada a Madrid de la serie de Turchi. Los especialistas han propuesto algunas obras que pudieron servir de inspiración o modelo a Velázquez para su composición, como un grabado de Alberto Durero o un cuadro de El Greco. Pero lo cierto es que el sevillano fue una vez más original, aún cuando abordaba un tema, la Coronación de la Virgen, que casi todos los pintores trataban en algún momento de su carrera. Algunas de las características singulares de este lienzo se deberían precisamente al intento de Velázquez de adaptarse a los cuadros de Turchi: el uso del tono rojo burdeos para las túnicas y mantos de Dios, Cristo y la Virgen; el peinado de ésta, con raya en medio al igual que las vírgenes del italiano; o la escala de las figuras, ligeramente menores al tamaño real. Asimismo, como Turchi, tampoco Velázquez hace concesiones a lo sobrenatural. Pero ahí acaban las coincidencias.
La composición de Velázquez es sencilla pero enormemente eficaz desde el punto de vista emocional y devocional. Los tres personajes, como el resto de los velazqueños, son humanos y están impregnados de serenidad y de prestancia. Dios, por ejemplo, es representado como un anciano calvo, una imagen poco habitual del Creador. A diferencia de lo que sucede en las escenas de «gloria» de otros pintores, aquí las nubes son translúcidas, irradian luz y dotan de ligereza a la escena. Los serafines que revolotean alegremente en la parte inferior y los angelitos que juguetean con el manto de María refuerzan esa sensación de inmediatez y de familiaridad que no suele aparecer en las solemnes escenas celestiales. Las túnicas carmesíes de los tres personajes conforman de manera clara un corazón, lo que para Julián Gállego pudiera tener una lectura iconográfica oculta. Este autor sugiere que el corazón carmesí pudiera estar relacionado con el culto al Corazón de la Virgen, basado en la teoría de que Jesús fue concebido en el corazón de María. Este culto tuvo cierta difusión en la época, incluso en la Corte pudo contar con la devoción de la reina, si bien fue finalmente condenado por la Inquisición en 1676.
El lienzo de la Coronación fue la última pintura religiosa realizada por Velázquez a pesar de que todavía tenía por delante 25 años de intenso trabajo. Las posibles razones se tratan en otro futuro claroscuro (Cristo en la Cruz).