Literatura
Por Fernando Aínsa
«Ahora sí que me jodí del todo. La lanza de la verja, la ingle, la punta de fierro. Yo antes podía. Todo con otra fe, con otra fuerza. Yo antes podía, claro que sí». Estas primeras palabras de la novela Con las primeras luces (1966) de Carlos Martínez Moreno (1917–1986), no sólo nos anuncian el fin de Eugenio —el hijo de una buena familia, los Escudero, que, al intentar saltar la verja de la gran mansión familiar tras una noche de borrachera, tropieza, cae y se clava una de las «lanzas» en sus entrañas— sino el fin de una época de la historia del Uruguay ya avizorado en el momento de su publicación en 1966.
La alusión es clara: «Yo antes podía. Todo con otra fe, con otra fuerza», es decir todo lo que fue posible en el pasado, ya no lo es ahora. El monólogo interior de un hijo de familia patricia unida y rica, segura de sus valores, que ha vivido en el orden y la respetabilidad y ahora se «desfibra» y se desangra, se transforma en verdadera metáfora del destino uruguayo. El patrimonio familiar se desmantela, los objetos desaparecen —robados, vendidos, empeñados o embargados—, la vida de cada uno toma un rumbo diferente en lo que es disgregación sin retorno. El barrio donde está situada su casa, otrora residencial y con mansiones familiares edificadas a fines del siglo xix y principios del xx a lo largo de grandes avenidas arboladas y calles umbrías y elegantes, es hoy una sucesión de casas deterioradas, cerradas o abandonadas, y de edificios de apartamentos edificados sobre las ruinas que se van comprando y demoliendo.
Manejando cuatro generaciones (que van desde el General Escudero que participa en las campañas militares de la Guerra Grande en 1850, hasta sus bisnietos Roberto y Eugenio) Martínez Moreno alcanza en Con las primeras luces una lograda visión de «esa agonía» nacional prolongada a lo largo de cien años de historia uruguaya.
El mayor auge de los Escudero se corresponde con la «edad heroica» que encarna el General, registrándose en las generaciones que lo suceden un acentuado proceso de decadencia que quizás alcanza su punto máximo con la muerte de la tía Herminia, nieta del General y madre deRoberto. Esta decadencia es integral: social y política, tanto como económica y moral y desemboca en el aniquilamiento sanguíneo de los Escudero.
El caserón se ha quebrado en el alma de sus moradores cuando Roberto —primo de Eugenio— se dice «debo de estar lleno de escombros por dentro, un tipo de escombros que no se ve», una demolición interior que consagra el derrumbe final de una concepción del mundo que se ha ido vaciando desde su mismo centro hacia afuera. Es más, descubre que el orden armónico en el que estaba instalado no es un orden global; es apenas el orden de una clase social condenada que se refleja patéticamente en un paisaje urbano melancólico y desgastado. En las sucesivas etapas del deterioro, Eugenio llega a sentir que «se mueve en un mundo abolido, en un mundo sin salidas, en un mundo de oprimentes presencias muertas».
Consciente de que la muerte le llegará «con las primeras luces» del amanecer, Eugenio recapitula su vida a lo largo de las 196 páginas de la novela estructurada en seis monólogos y en treinta y dos capítulos escritos en tercera persona y deliberadamente enfriados por la distancia y el estilo que van pautando las vidas desde una infancia feliz y un pasado familiar glorioso hasta el triste presente.
Los mejores capítulos están referidos a la reconstrucción de la infancia de Eugenio y sus primos, donde algunos juegos como las representaciones teatrales que propicia Mariucha, se convierten en una suerte de proyección simbólica de la vida futura, en un guiñolpeligroso por lo premonitorio. Ese volver a la infancia desde un presente que se rechaza por las derrotas que conlleva, supone un alarmado terror de la vejez, vista de pronto como un irse quedando solo «en un cuarto del que otros estuvieron sacando los muebles».
Martínez Moreno resume en esta novela las virtudes de la narrativa de su generación —la del 45— una lucidez militante puesta al servicio de la necesidad de efectuar una fría autopsia de la realidad, autopsia que efectúa no sin dolor pero que siente asociada a una forma de cambio impostergable.
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