Literatura
Por Luis Alonso Girgado1
Hay novelas que se definen por su dimensión más sobresaliente, mejor cultivada: el lenguaje (texto o discurso). Pues bien, este recorrido de anécdotas, esta sarta de desfachatadas y transgresoras opiniones e irreverentes juicios que forjan el retrato del impenitente lenguaraz que es Orlando Malacara es una de ellas. En efecto, Malacara (2007), del desafiante y airado Guillermo Fadanelli, mexicano y narrador de bien probada facundia verbal a través de una significativa serie de novelas y libros de cuentos, es, en síntesis, la conjunción de un raro personaje, un desarticulado pero notable discurso que es reflejo de su identidad y que exhibe una cosmovisión transgresora no poco paranoica, antisocial y destructiva.
Plantado en su casa de México D. F. (ciudad que le resulta «una bestia escamosa de piel iluminada»), Malacara cuenta, divaga, recuerda mostrando sus cartas de presentación ante el lector; un lector un poco perplejo ante la sarta de atributos (negativos los más) que el escritor le ha encajado: Voyeur descarado con tendencia al suicidio y al crimen, pusilánime y mentiroso, cínico y erotómano, «un tipo común… un hombre que tira su tiempo a manos llenas… un agobiado maratonista en dirección a la muerte» (pág.13) que inserta en su discurso citas de escritores y artistas universales, que opina sobre el género narrativo («una novela debe parecer cualquier cosa menos una novela») y que resulta, al fin, un tipo vago y miedoso que pone todo lo establecido patas arriba, en especial la escuela y la familia.
Nada de casual tiene que una de las secuencias finales del fragmentario y casi caótico hilván narrativo se titule «El guardián entre el centeno», pues del texto y protagonista de Salinger hay aquí reflejos, como también de un más amplio sector de la reciente novela (y del cine) norteamericana.
Insistamos en la heterogénea diversidad de elementos de este siempre hostil y áspero discurso narrativo, en su constante descrédito y desengaño frente a cualquier valor o principio, en su fría aceptación de todo tipo de ultrajes al individuo o a la colectividad, en sus solapadas tendencias aniquiladoras y en su imponente carga de amoralidad, de estimativa transgresora, de virulento caos de pensamiento y conducta. Todo ello, trasunto del interior perturbado de un ser que resulta una inquietante excrecencia social, un «extranjero» que se complace en exhibir las vergüenzas propias y ajenas y cuya desatada verborrea va tejiendo sentencias y conclusiones que ilustran el mundo al revés, la realidad como absurda pesadilla y la vida como doloroso sinsentido.
Malacara es una novela que forja a un personaje imposible, que encierra un diagnóstico individual y colectivo poco halagüeño en términos de locura deshumanizadora, de una lucidez crítica estéril (y de no pocas estériles autocomplacencias perversas) y de una utopía estremecedora: la de un universo «donde no existiera un solo ser pensante». Interesante Malacara para asomarnos al abismo.