CULTURA Y TRADICIONES
Por Alexander Prieto Osorno
El chamán es un viajero entre los diversos y complejos mundos de los indígenas. Guía a los suyos cuando emprenden estos tránsitos en los ritos curativos y mágico-religiosos para que no se extravíen en los viajes de ida y de regreso. Las plantas sagradas le permiten convivir y dialogar constantemente con los seres que habitan en los distintos mundos para llevarles salud y armonía en su relación con el entorno.
La increíble complejidad de la naturaleza del chamán y de las creencias aborígenes han resultado difíciles de indagar, reseñar y sobre todo comprender para Occidente y debe darse por hecho que todo libro o estudio sobre chamanismo queda siempre incompleto, tanto por la lengua que lo intenta aprehender como por la mentalidad (la forma de razonamiento occidental) de quienes los escriben y quienes los leen. Existe una gran cantidad de libros sobre este tema, como El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, de Mircea Eliade; Alucinógenos y chamanismo, que ofrece ensayos recogidos por Michael Harner, y Chamanismo: el arte natural de cura, con textos compilados por José María Poveda, por citar algunos ejemplos. Pero es necesario decir que gran parte de la literatura sobre el chamanismo es tremendamente superficial, pues muchos de sus autores jamás han consultado las fuentes directas o abordan este asunto con prejuicios.
Todos los autores coinciden en señalar que el chamán tiene varios «mundos» con los cuales interactúa. Se habla al menos de dos «mundos»: el mundo real y el de los espíritus. Pero el hawaiano Serge King, que fue adoptado y educado por un chamán y dirige en esta isla del Pacífico una fundación para la divulgación del chamanismo, asegura que el chamán convive en cuatro mundos: el objetivo (la realidad ordinaria), el subjetivo (la relación íntima del individuo con su entorno), el simbólico (soñando dormido y despierto) y el holístico (una especie de «conciencia cósmica» donde el chamán se sabe integrado en todo lo que existe). Sin embargo, algunos antropólogos mencionan que eso que llamamos «mundos» o «estados de conciencia» (por la tendencia del racionalismo occidental a separar y diseccionar) el chamán lo entiende no como lugares independientes sino como un todo que es la Vida.
Para los chamanes del Amazonas el follaje y las hojas de las plantas vivas o muertas «hablan», como los hombres, los pájaros, la anaconda, el río, la lluvia, los antepasados de las tribus, los espíritus de las cosas que han vivido y han muerto (plantas, animales, etc.) y sus dioses, que son tan magnánimos como maléficos. La selva «habla» y la tarea del chamán es comprender esos lenguajes y comunicarse con todas estas entidades para buscar ayuda en la resolución de los problemas físicos y espirituales de su tribu y propiciar la convivencia pacífica y armónica de su etnia con el medio ambiente.
En otras palabras, el chamán es y tiene la llave para abrir las puertas, gracias al conocimiento ancestral de las plantas rituales y a que es el depositario de la sabiduría de su pueblo. Estas puertas pueden conducir a quien las cruce a «mundos» felices o espantosos y pueden despejar sus dudas y curar sus enfermedades. Si el indígena se perdiese en estas travesías, el chamán abrirá las puertas para buscarle y guiarle de regreso o lo castigará dejándolo allí, extraviado para siempre, pero vivo e integrado en su cosmos.