LITERATURA
Por Luis Alonso Girgado
Escritor ya bien entrado en años, el colombiano Alfredo Iriarte acaba de ofrecernos con Espárragos para dos leones (2001) una bien cumplida muestra de novela humorística, un tipo de novela muy poco frecuente en la narrativa hispanoamericana, por lo menos en la parcela que llega hasta nosotros.
Por esa clave humorística debemos alinearlo con su compatriota Héctor Abad Faciolince y con algún que otro argentino como Osvaldo Soriano o Mempo Giardinelli, aunque a juzgar por otros títulos, la veta cómica sea más constante en Iriarte.
Aunque, en el trabajo literario, hasta lo más trivial y desenfadado requiere esfuerzo, es más que probable qué muchas páginas de Espárragos para dos leones fueran regocijantes para su autor, a quien sólo parecen interesarle dos cosas: la elaboración de una prosa de gentil esmero y caudalosa andanza y el retrato de un mundo (el del pueblo de San Antonio de Tibzaquillo) y de unas variadas criaturas bajo una óptica de hilarante comicidad.
El encanto de la novela radica en el abismo que media entre el recio perfil de los personajes (acartonados en su religiosidad, en el culto al trabajo y a los convencionalismos, en su ingenua naturalidad) y la degradante y burlona técnica utilizada para su retrato, que inicia ya su jocosa deformación en la inflada onomástica (Metafrasto Esparragoza, Amalasunta Ponce de Allaneque, Venancia Rebollete, etc.) para continuar con los parágrafos que diseñan su descripción externa para convertirlos en figuras patéticas, papeles maniáticos, criaturas de celada rijosidad o pequeños monstruos deformes interna y externamente. Lejano frente a sus personajes, el escritor los vapulea sin piedad, los rebaja sin misericordia y los aniquila sin que le tiemble a mano.
Desde el inicio de la narración, los lances divertidos, humorísticamente estirados en hiperbolización, se van sucediendo. Nos llega así los rancios escrúpulos que —nobleza obliga— atesora y defiende hasta morir la señora Amalasunta; el inmaculado perfeccionismo verbal y laboral de su vástago Trimegisto (milagroso reflotador de empresas naufragadas y náufrago él de una castidad que sólo Onán alivia); la desbordante encarnadura de la valquiria Brunilda o las privadas orgías del grupo de nazis refugiados en la hospitalaria república de Palumbia (fácil trasunto verbal de Colombia). Pero hay otras muchas manifestaciones de la vis cómica del novelista como se patentiza en la corrida de toros o en los ventosos reflejos que el eros sin estrenar de Trirnegisto experimenta ante las suculencias curvilíneas de Brunilda.
Por otra parte, la editorial Sudamericana retorna en este 2001, ahora vinculada al Grupo Plaza y Janés, para actualizar frente al lector la panorámica de los recientes narradores de Hispanoamérica. Uno de ellos, el bonaerense Diego Paszkowski, profesor de la U.B.A., impulsor de talleres de escritura y novelista, nos acerca a su segunda novela, Él otro Gómez (2001) que ya en su título evidencia el asunto: la forja o construcción de un doble o sosia. Así, un anónimo empleado de banco se convierte en alto jefe de una poderosa empresa de finanzas destinada al blanqueo de dinero.
Del citado se deduce que la anécdota que se nos cuenta —escindida entre la geografía urbana bonaerense y la rural boliviana— en Él otro Gómez discurre por los bien conocidos territorios del narcotráfico, los movimientos fraudulentos de capital, el crimen organizado y el turbio entramado de lujos y degradación de los capos mafiosos. Una temática que viene suscitando la atención de la prensa y que el cine —al norteamericano nos referimos—continúa abordando con éxito. Esta es, también, una novela muy cinematográfica.
Tres claves hacen de esta obra de Diego Paszkowski una buena novela. Primero, el buen temple narrativo que nos traslada el papel de Gómez asumido por William Puente. Eso se produce en un proceso de afianzamiento del personaje en su nueva identidad sorteando todo tipo de escollos —desde el miedo hasta cualquier escrúpulo moral— y acercándose a la temible y escrutadora sombra de Valdivia. Los episodios de este proceso dan viveza, tensión y suspense a la trama narrativa.
El otro Gómez evidencia la implacable seducción que el poder tiene sobre el ser humano; tanto más cuanto más acusadamente gris y sin horizonte es su existencia. Un pleno acierto de Diego Paszkowski. Un grato y recomendable conocimiento.
NOTA
* Publicado en Correo das Culturas, 30 de septiembre de 2001 (Traducción de Maite Rivero).![]()