Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Por extraño que parezca, hay ocasiones en las que la vida de pintores nacidos hace poco más de un siglo nos resulta mucho más desconocida que la de aquellos otros que desarrollaron su actividad hace más de cuatrocientos años. Así nos sucede con la del madrileño Luis Santamaría (o Santa María), cuyos escasos datos biográficos contrastados se limitan a una formación en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, y a su participación —con mayor o menor fortuna— en distintos certámenes artísticos celebrados durante las dos últimas décadas del siglo xix y la inicial del xx. Entre ellos, cabe destacar su concurso en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887, a la que concurre con este lienzo de tema costumbrista titulado El Lazarillo de Tormes.
Sobre un fondo prácticamente neutro, del que sólo se adivina la existencia de unos escalones que conducen a una puerta cerrada —como indicio de que la escena se desarrolla en el interior de una estancia—, destaca la presencia dominante de dos personajes que ocupan en su totalidad el primer plano y que condensan en sus figuras, sin necesidad de aditamento alguno, toda la carga narrativa del cuadro.
El de la izquierda, un anciano de larga barba cana desarreglada, sostiene un pedazo de pan con su mano derecha mientras que con la otra ase con firmeza un jarrillo de barro de los usados tradicionalmente para servir el vino. Vestido de forma desaliñada, con sayal oscuro abierto descuidadamente sobre el pecho y raída capa parda sobre los hombros, tiene los ojos cerrados y ligeramente hundidos detalle que, junto con la presencia de un rústico cayado de madera, nos informa de su condición de ciego. Junto a él, cabalgando de forma graciosa sobre la improvisada mesa en la que reposan las míseras viandas, se nos presenta un pilluelo con ropas hechas jirones que trata de sorber, con la ayuda de una caña, el líquido contenido en el interior del recipiente de barro.
La escena, de dibujo correcto y color contenido, describe con gran realismo uno de los episodios más célebres de la famosa novela publicada por primera vez en 1554. En él, Lázaro se queja constantemente de la mezquindad y tacañería del ciego al que sirve a la hora de proporcionarle alimento, por lo que el joven tiene que emplear todo su ingenio para sisarle algo de comida. Según nos comunica él mismo:
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta y, por reservar su vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno que para aquel menester tenía hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió y dende en adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las piernas y tapábale con la mano, y así bebía seguro.
Aunque las distintas estratagemas practicadas por el pilluelo acabarán por costarle la rotura de varios dientes cuando el ciego descubra sus artimañas, tampoco debería de lamentarse éste porque Lázaro hubiese aplicado en su persona la enseñanza que él mismo le recomendó al poco de tomarlo a su servicio —y que en el futuro se convertirá en el manual de supervivencia del protagonista: «Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo»—.
Tanto por la elección del tema como por su ejecución, este trabajo de Santamaría entronca con alguna de las obras más representativas de la pintura española del Siglo de Oro. Ante su presencia, es fácil recordar la serie de cuadros de género realizados por Murillo entre 1665 y 1675 (hoy todos en museos extranjeros), protagonizados igualmente por niños y jóvenes pícaros de rotas vestiduras, que viven en la calle y comen lo que consiguen con sus argucias o pequeños hurtos, reflejos entonces del furor popular que causó la publicación en el siglo xvii de otra de las grandes novelas del género picaresco: el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.