Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
El retablo dedicado a San Pedro Mártir fue realizado por Pedro Berruguete entre 1493-1499 para el convento dominico de Santo Tomás de Ávila, levantado bajo el patrocinio de los Reyes Católicos y de fray Tomás de Torquemada, Inquisidor General. De él se conservan al menos cuatro tablas, depositadas en el Museo del Prado, en las que se ilustran algunos episodios de la vida del santo, un monje de Como (Italia) que fue decapitado por unos herejes. Esta tabla muestra uno de los milagros obrados por el santo después de muerto, según cuenta la Leyenda Dorada de Jacopo de la Vorágine. La lámpara suspendida en el centro de la composición no es sólo prodigiosa por la maestría de su factura, sino porque alude a un hecho maravilloso: a menudo las lámparas colgadas por los devotos junto al sepulcro del santo se encendían solas, «sin ayuda ni industria de nadie». Berruguete quiso llamar la atención sobre el misterio al hacer incidir sobre la llama de la lámpara un rayo de luz que penetra por una ventana apenas visible en la parte superior del cuadro. Por la puerta de la izquierda llega el flujo de píos visitantes, quienes a falta de otras soluciones, buscaban desesperadamente los milagros de San Pedro. Tal y como cuenta la Leyenda Dorada, eran muchas las personas aquejadas de muy diferentes enfermedades que llevadas hasta el sepulcro del santo en carretillas, en los brazos o a las espaldas de alguien, regresaron a sus casas recuperadas y por su propio pie.
Sobre todo a partir del siglo xi, las reliquias de los mártires comenzaron a salir de las criptas y a subirse a los altares, de manera que los fieles pudieran rodearlas y tocarlas, orar y velar ante ellas para impregnarse de su energía y beneficiarse de su poder apotropaico y taumatúrgico. Se fabricaron lujosos relicarios que se colocaron sobre el mismo altar, como en el caso de San Millán de la Cogolla, o espectaculares sepulcros y cenotafios que se instalaron en el ábside, en el crucero o bien unos espacios de recogimiento llamados Confessio, habilitados bajo al presbiterio; así sucedió en un principio en Santiago de Compostela. A veces el sepulcro, como el representado por Berruguete, se alzaba sobre cuatro soportes que permitían pasar por debajo a los fieles, los ciegos, lisiados, endemoniados, paralíticos o menesterosos. Otros tenían incluso aberturas por las cuales los más necesitados metían la cabeza o los miembros del cuerpo enfermos. Sobre el arca o el cenotafio se representaban escenas de la vida y el martirio del santo, e incluso se disponían a su alrededor objetos relacionados con algún milagro, como la prodigiosa lámpara de San Pedro Mártir de esta tabla o el gallinero con gallinas vivas situado frente al sepulcro de Santo Domingo de la Calzada.