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Lunes, 7 de agosto de 2006

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Cine y televisión

El beso español

Por Carolina Franquiz

El cine no sería el cine sin sus besos. En la España de los años cuarenta se intentó prescindir de este gesto tan erótico. Sin llegar a verlo totalmente, siempre era evidente su existencia en las películas nacionales. Lo máximo que se percibe es un leve roce de los labios o un acercarse a pocos milímetros para inmediatamente entrar un contundente fundido a negro, efecto visual más utilizado. Se pasa a otra secuencia por corte directo o, manteniéndose en la misma, se desenfoca el supuesto beso para enfocar el segundo plano. Se mueve a los actores de modo que tapen la acción, y suelen ser los hombres quienes dan la espalda a la cámara, bien con un suave movimiento o con un corte a otro plano en un ángulo que lo muestra así. El ángulo también engaña y lo que es un beso en la mejilla parece en la boca. A veces, el brazo de uno, un sombrero o las sombras propias de la iluminación, encubren el beso.

La cámara se distancia de la pareja y da la sensación de que les deja espacio para que puedan girarse y dar la espalda al objetivo. Hay besos que se encuadran directamente en plano general, lo que impide ver exactamente hasta dónde han llegado las bocas.

Aunque no se muestre el beso sí se observa la intención de besar. Lo que va camino a ser un ósculo queda fuera de plano con un travelling, o paning. En una secuencia de La culpa del otro (1942), la cámara sigue a la cantante de un bar que se pasea entre el público masculino; cuando se inclina para besar a una compañera, parece que en la boca, el movimiento de cámara deja fuera de encuadre la acción.

Los besos en la boca pueden sustituirse en pantalla utilizando otro elemento del cuerpo como sustituto; ejemplo: las manos u otros objetos como las flores. En Carmen la de Triana (1938), cuando Carmen visita a uno de sus pretendientes en la cárcel, él se vuelve como loco con las manos de ella, el único contacto que tiene con la mujer deseada. Otros besan los claveles de ella.

Hay besos más atrevidos o amagos de los mismos, pero son excepcionales. En Locura de amor (1948), cuando el rey besa el cuello de su amante; en Tuvo la culpa Adán (1943), cuando la joven, en pijama, huye de la casa por la carretera y su pretendiente, que la sigue de igual guisa, trata de detenerla hasta que ambos caen —él encima de ella, como si fuera besarla, pero se separa rápidamente—; en Un enredo de familia (1943) también es una caída casual la que permite brevemente al hombre quedar encima de ella; en otra escena, otra pareja se revuelca en el suelo: él le quita un zapato a la mujer y le muerde los dedos de los pies.

Otra forma de evadir el beso en la pantalla es iniciar la acción e ir a otra que distraiga, para luego volver a la pareja, separando sus cuerpos. Un apagón de luz, la llegada de un personaje, un sonido sorpresivo, también sirven para distraer. En La revoltosa (1949), cuando la pareja por fin se besa, se hace un corte rápido al perro que salta de alegría, se vuelve al beso desde otro ángulo que no muestra nada y de nuevo entra la imagen del perro tapándose el hocico con las dos patas, como avergonzado de lo que ve.

En la mayoría de las películas, el ósculo definitivo, llamémosle oficial por cuanto se da entre la pareja protagónica y sella la relación amorosa, se da muy cerca del final o en el final mismo. Lo permite el hecho de que, o se ha casado o se han prometido. Sin embargo, una vez casados, no parece que se premie tanta abstinencia. Los besos del matrimonio son muy castos, en la frente de ella o lanzándolo al aire. Como respuesta, quizás un pellizquillo en la mejilla.

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