Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
El espíritu idealista de don Quijote fue motivo de inspiración frecuente para los artistas del Romanticismo. Casi dos siglos y medio después de ser imaginado por Cervantes, su visión ideal de la vida, siempre matizada por el contrapunto de realidad que encarnaba el fiel escudero Sancho, parecía convertirse ahora en rigurosa metáfora de la situación cotidiana de una España decimonónica que se debatía entre la profunda crisis en la que estaba sumida, y un anhelo constante de regeneración y recuperación de los esplendores perdidos que, según avanzaba el siglo, se manifestaba para muchos casi como un imposible. Con el arte convertido en expresión del imaginario colectivo, fueron pocos los pintores del momento que supieron —o quisieron— sustraerse a la atracción ejercida por el personaje cervantino. Entre aquéllos que abordaron la figura del hidalgo manchego, cabe destacar a Manuel García Hispaleto, autor de tres conocidos cuadros de tema quijotesco: el Entierro del pastor Crisóstomo (3.ª medalla en la Exposición Nacional de 1862), el Discurso que hizo D. Quijote de las armas y las letras (Exp. Nac. de 1884), o este Casamiento de Basilio y Quiteria (2.ª medalla en la de 1881).
Inspirado en el conocido pasaje de las Bodas de Camacho,el pintor sevillano dispone en el primer plano el momento culminante de la historia, el matrimonio entre los dos protagonistas, rellenando el resto de la superficie del lienzo con distintos grupos de personajes que informan al espectador de toda una serie de detalles complementarios al enlace, aspectos narrados con detenimiento por Cervantes en las páginas anteriores.
Basilio, enamorado desde la infancia de Quiteria, quiere evitar por todos los medios la boda entre ésta y el rico Camacho quien, para festejar el acontecimiento, no ha reparado en gastos. Para ello pone en práctica una ingeniosa treta. Tras presentarse en el lugar de la celebración, simula suicidarse clavándose una daga en el pecho. Fingiéndose moribundo, ruega a Quiteria que consienta casarse con él antes de morir argumentando que, como habría de fallecer pronto a causa de la herida, ella quedaría viuda y podría casarse inmediatamente con Camacho. Conmovida por la escena, sin sospechar en ningún momento el engaño, la bella labradora accede. Es entonces cuando, cogidos de las manos, «el cura tierno y lloroso les echó la bendición, y pidió al cielo diese buen poso al alma del nuevo desposado; el cual así como recebió la bendición, con presta ligereza se levantó en pie y con no vista desenvoltura se sacó el estoque, a quien servía de vaina el cuerpo». Ante el asombro general, será don Quijote quien sentencie que «el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia».
Ajustándose al texto, el punto central de la composición son los dos enamorados con las manos unidas. Rodeados por algunos curiosos, Basilio, con el puñal clavado, aparece recostado sobre las rodillas de don Quijote; Quiteria, con gesto compungido se arrodilla a su lado. Tras ellos el sacerdote, asistido por un monaguillo, procede a bendecir la unión bajo la atenta mirada de un Cupido con arco en alusión al triunfo del Amor. A la derecha, en un estrado con dosel del que cuelgan tapices, contempla la escena un contrariado Camacho en compañía de sus invitados. A la izquierda, entre sirvientes que vuelcan odres de vino en grandes tinajas y jóvenes que muestran su dolor, sorprende la figura de Sancho a lomos del rucio, a quien, práctico como siempre, los acontecimientos han sorprendido dando buena cuenta de un plato de comida. Mucho más difuminados, rellenan el fondo grupos de campesinos que bailan entre la foresta festejando el enlace mientras que, sobre una loma situada en la lejanía, un grupo de cocineros prepara las pregonadas viandas dentro de un gran caldero humeante.
A pesar de incluir un número elevado de personajes y de haber reflejado de forma simultánea diferentes episodios del relato no siempre coincidentes en el tiempo, García Hispaleto ha sabido dotar de unidad compositiva al lienzo sin necesidad de renunciar por ello a un tratamiento diferenciado de cada uno de los grupos en función de su mayor o menor protagonismo dentro de la historia. Así, concentra su mayor empeño en los integrantes del grupo central, cuidadosamente dibujados y resueltos con un preciosismo tal que permite al espectador advertir las calidades táctiles de los aderezos y de los tejidos de todos y cada uno de los atavíos. A partir de ellos, y según nos alejamos hacia el fondo, detalles de este tipo empiezan a verse progresivamente desdibujados gracias a una pincelada cada vez más suelta y de gran modernidad que culmina en la gran mancha cromática que integran los bailarines del fondo.
Excelente factura, colorido desbordante y atención al detalle hacen de este cuadro uno de los mejores dentro de toda la producción de su autor.