Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Francisco de Zurbarán pintó una serie de diez cuadros referidos a Hércules para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid, uno de los grandes hitos artísticos de la monarquía española encaminado a cantar las glorias militares y simbólicas del Rey Planeta, Felipe IV, en los años treinta del siglo xvii. Empresa en la que intervinieron activamente el valido don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares y el pintor del rey Diego Velázquez, director artístico del proyecto en su conjunto y para el que pintó cinco cuadros de retratos ecuestres de tres generaciones de la monarquía (Felipe III, Felipe IV, y el príncipe Baltasar Carlos —pasado, presente y futuro—), encabezados por la Rendición de Breda. El salón se completaba con otros once cuadros de victorias de los ejércitos españoles en Europa acaecidas en los años veinte y treinta, ejecutados por importantes artistas del momento (Francisco de Zurbarán, Antonio de Pereda, Vicente Carducho, Eugenio Cajés, etc.). La serie de Hércules de Zurbarán (otra muestra perteneciente a esta serie es Hércules y el can Cerbero) venía a recordar el mito por el cual se identificaba a Felipe IV, sus virtudes y el origen de la monarquía española con el propio héroe, fundador de España. Hércules aparece representado a la manera antigua habitual, desnudo junto al león para hacer presente su musculatura y fortaleza, es decir al personaje mitológico y sus virtudes, por lo que se huye de aspectos o detalles que pudieran pertenecer al siglo xvii.
Pero no siempre se procedió de igual manera a la hora de representar a los personajes de la Antigüedad grecolatina. El historiador del arte Erwin Panosfky en su clásico y discutido libro Renacimiento y renacimientos en el arte occidental llamaba la atención sobre los diferentes caminos seguidos en la recuperación de la Antigüedad a lo largo de la Edad Media frente al Renacimiento italiano con mayúsculas. A lo largo del medievo se produce lo que él denomina «principio de disyunción» al intentar conciliar la mitología y los personajes de la Antigüedad con el Cristianismo, es decir, cuando se quería representar a un personaje mítico se le mostraba con el aspecto de un hombre normal del momento, en cambio si aparecía con los atuendos de la propia Antigüedad, lo que significaba era simplemente una virtud, vicio, categoría moral o simplemente un personaje bíblico. Así, cuando se quería presentar a Hércules se hacía a través de un hombre normal y vestido según la época, mientras que al aparecer desnudo con la piel del león de Nemea y la clava, a la manera antigua, se aludía simplemente a la virtud cardinal de la fortaleza y no al héroe. Siguiendo iguales coordenadas la iconografía de Irene y Pluto se transformó en la Virgen y el Niño, la diosa Terra en la lujuria, Venus en Eva, Apolo en Cristo... Con este planteamiento se hacía necesario reinterpretar con mirada renovada muchas obras de arte del medievo, cuyas iconografías se catalogaron como escenas de la vida cotidiana.
Dicha disyunción sólo será superada a partir del Renacimiento, en la Edad Moderna, cuando ambas categorías (personaje-virtud) se funden en una sola, tal como vemos en esta obra de la pintura barroca.