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Martes, 30 de agosto de 2005

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Lengua / Tópica

Cataluña y sus topónimos (IV)

Por Jairo J. García Sánchez

Vic, Blanes, Bañolas/Banyoles, Cornellá/Cornellà, Tarrasa/Terrassa, Igualada, Ripoll, Ripollet

Los romanos dejaron, como no podía ser de otra manera, una importante huella en la toponimia de Cataluña. Además del nombre de Gerona (< lat. Gerunda), ya explicado en un capítulo anterior, encontramos otros varios topónimos que deben remontarse a la época romana. Podemos mencionar, entre otros, los de Vic (< Vicus Ausonae), en alusión a un tipo de poblamiento no fortificado, o Blanes, documentado en el siglo i como Blandae ‘blandas’. No obstante, este último tipo toponímico es inusitado, por lo que no conviene descartar la posibilidad de que pueda ser adaptación de una voz indoeuropea anterior. Por su parte, el también gerundense Bañolas (cat. Banyoles) tiene su étimo en el lat. balneola y hace alusión a unos antiguos baños termales; al igual que Blanes, presenta una -s hipercaracterizante del plural, tras perderse la conciencia del plural neutro latino.

Otro de los topónimos característicamente romanos es Cornellá (cat. Cornellà). Este nombre se repite en diversos lugares de Cataluña, entre los que destaca Cornellá de Llobregat (cat. Cornellà de Llobregat), localidad que prácticamente constituye conurbación con Barcelona. Estamos ante uno de los varios nombres de antiguas propiedades que se han formado a partir del nombre personal de su posesor mediante la adición del sufijo -anus,-ana. De esta manera, Cornellá procede de un (fundo) Corneliano, derivado del nombre propio latino Cornelius. Es característico del catalán el resultado (cat. ) para ese sufijo, frente al general -ano,-án,-ana castellano (cf. Illano, Polán, Orellana), -én,-ena en las zonas de mayor influencia del árabe (cf. Jaén, Baena), -ent(e) en Valencia (cf. Onteniente/Ontinyent), y -ain en territorio vascófono (cf. Andoain).

Topónimos de étimo latino, aunque no necesariamente instaurados en la época romana, son, además: Tarrasa (cat. Terrassa), que procede del lat. castella terracea. La expresión hacía referencia a una fortificación construida ya en el siglo ix, embrión de la actual población; como ha ocurrido en numerosas ocasiones, sólo ha pervivido el componente determinante, no el determinado. Igualada, que muestra una deglutinación de la A- inicial (Aigualada < lat. aqua lata ‘agua ancha, río ancho’). El topónimo alude al río Noya (cat. Anoia) que pasa por la localidad y que da nombre a la comarca de la que esta población es capital. Y la pareja Ripoll y Ripollet, también hidrónimos en origen, compuestos del lat. riuus, en referencia asimismo a las corrientes fluviales que pasan por cada una de esas poblaciones. Estos dos últimos topónimos eran idénticos en principio, pero el segundo asumió ya desde un momento temprano el sufijo diminutivo para no confundirse con la población que entonces era más ilustre, la gerundense; se trata, por tanto, de una derivación específicamente toponímica.

Ya en un último capítulo repasaremos otros topónimos de poblaciones catalanas, por lo general menos antiguos, pero no por ello menos interesantes.

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