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Martes, 2 de agosto de 2005

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ARTE / Claroscuro

Isis

Por Marta Poza Yagüe

Las conquistas de Alejandro Magno pusieron al mundo helénico en contacto con un rico mundo de creencias y de devociones practicadas por los pueblos orientales, ajenas en principio a la religiosidad griega, cuyos dioses no tardaron en ser relacionados y asimilados con algunos de los representantes más notables del panteón olímpico. Los cultos egipcios, lejos de ser una excepción, fueron rápidamente conocidos y divulgados por todo el Mediterráneo Oriental y la Magna Grecia, especialmente desde el asentamiento en el trono de los faraones de uno de los generales más famosos del rey macedonio, Ptolomeo I. Su fortuna, aunque con altibajos, se prolongará en el tiempo durante los primeros siglos del Imperio Romano.

Entre todas las deidades nilóticas, la que gozó de mayor fama fue Isis, la gran diosa-madre, señora de las aguas del mar, de los frutos de la tierra y protectora de los muertos, cuya personalidad fue pronto asociada a las de Io, Démeter y Coré. Antes de finalizar el siglo ii a. C., son numerosos los santuarios que se le dedican en territorio heleno, para cuya decoración se esculpen, a la manera griega, no pocas imágenes de la misma.

El ejemplar de El Prado, algo seco de factura y con pliegues poco plásticos de rígida caída, parece corresponder a una copia romana de época antoniniana tardía, momento en el que se vivió el canto del cisne del culto isíaco en el Imperio. Basado en un original tardohelénico, destaca el modo en el que se ha revestido a la diosa, similar a la moda exhibida en su momento en Egipto por las reinas y por mujeres de elevada condición social. En la parte interior, visible tanto en el pecho como en la zona inferior a la altura de los pies, aparece una túnica de tejido ligero cuya levedad forma un menudo plegado. Sobre ella, cruzando desde el hombro izquierdo, un grueso manto rodea la mayor parte del cuerpo hasta unirse de nuevo en el centro del pecho, donde sus extremos se juntan formando el característico nudo de Isis, evocación del signo jeroglífico de la vida: el anj. Aún por encima, una especie de capa corta rematada en flecos cubre los brazos y los hombros.

Si hasta aquí todo es fiel reflejo de la iconografía habitual de la diosa del Nilo, lo que ya no se corresponde con ella es la parte de la cabeza, carente del velo tradicional que debía de cubrirla y en la que se echan de menos también los famosos rizos que solían enmarcar el hierático rostro propio de sus imágenes. Lejos de deberse a un desliz cometido por el artista, el error hay que atribuírselo al restaurador barroco que colocó la cabeza que hoy contemplamos sin percatarse de que no se correspondía con la realidad.

Por lo que al resto de atributos se refiere, la diosa, como si de una de sus sacerdotisas se tratase, aparece representada en el momento de proceder a una libación. Así, de su mano izquierda cuelga el pequeño recipiente o sítula que contendría el líquido necesario para la misma (normalmente leche o agua), mientras que levantado en la derecha presenta el cuenco o pátera en el que ésta se depositaría.

Aunque no se ha podido precisar ni cuándo llegó a España la escultura, ni cuál era su procedencia, algunos investigadores parecen apuntar la posibilidad de su presencia en Madrid ya en el antiguo Alcázar de los Austrias.

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