Arte / Claroscuro
Por Antonio García Flores
A pesar de los intentos de la ortodoxia cristiana (religión oficial del Imperio romano) por vencer las distintas herejías que iban naciendo en distintos puntos de su territorio, el arrianismo1 arraigó con fuerza entre algunos pueblos germanos, como el visigodo. El monarca Leovigildo (572-586), en su deseo de unificar y poner bajo su control a los diversos estados integrados en la Península Ibérica, trató de promover un acercamiento entre la minoría goda arriana y la mayoría hispano-romana católica, pero la conversión al catolicismo y posterior rebelión de su hijo Hermenegildo fue un enorme bache para esa política de atracción conciliadora.
Mientras las fuentes contemporáneas silencian el supuesto martirio de Hermenegildo a manos de su padre y lo tildan de rebelde y tirano, Gregorio Magno (540-604), en sus Diálogos, dedica amplio espacio a narrar estos acontecimientos (lib. III, cap. 31). El hijo mayor de Leovigildo se casó hacia el año 579 con Ingunda, una princesa de origen franco y por tanto católica, lo que motivó la ira de su madrastra, quien no dudó en emplear en ocasiones salvajes medidas con el fin de hacerla abjurar de sus creencias. Para limar asperezas y poner distancia entre ambas mujeres, Leovigildo concedió a Hermenegildo el gobierno de la Bética. Una vez en Sevilla, la influencia de su mujer y del obispo Leandro motivó su conversión al catolicismo, tras de la cual tomó el nombre de Juan; fue entonces cuando Hermenegildo se proclama rey y acuña una moneda con su efigie (apoyado por la jerarquía católica del mediodía peninsular y aliado con los bizantinos asentados en el sudeste y los suevos y francos que lindaban por el norte con el reino visigodo). A pesar de tal acto de rebeldía, su padre intentó atraerle hacia él, pero su negativa a acudir al sínodo de obispos arrianos convocado en Toledo en el año 580 provocó el estallido de la guerra. Tras sobornar a los bizantinos, Leovigildo toma Mérida, más tarde Sevilla, y captura a Hermenegildo en Córdoba en el año 584; éste, desterrado primero en Valencia y luego en Tarragona, se negó a tomar la comunión de mano de un obispo arriano enviado por su padre en una última intentona de acercamiento, por lo que fue decapitado en el año 585.
Durante el reinado de Felipe II (1556-1598), en el marco de una política de exaltación de la monarquía hispana como heredera del reino visigodo, en la lucha por conseguir la unidad territorial peninsular y como defensora a ultranza de la doctrina católica frente a la herejía protestante e islámica, San Hermenegildo se aparecía como el primer rey católico español. Su principal promotor fue el cronista real Ambrosio de Morales, gracias a cuyas gestiones se trasladó la cabeza del santo desde Sigena a El Escorial y se obtuvo autorización de la Santa Sede para extender su culto por toda España, restringido a Sevilla hasta entonces. Además, el hecho de que el heredero de la corona, Felipe III, naciera poco después de pasada la medianoche del 13 de abril de 1578, día de la fiesta del mártir, y se eligiera Hermenegildo como su segundo nombre, motivó que años más tarde (1586) se fundase en Madrid un convento de carmelitas descalzos bajo su advocación y con el decidido apoyo económico de los monarcas. Mediado el siglo xvii, este convento encargaría a Francisco Herrera el Mozo una pintura para el retablo mayor, presidido por la imagen victoriosa de Hermenegildo subiendo al cielo, en un rompimiento de gloria rodeado de ángeles con instrumentos musicales y con los símbolos de su poder terrenal (cetro y corona) y de su martirio (hacha, palma y corona de rosas), mientras que su padre y el obispo arriano, que le llevó la comunión en sus últimas horas, caen asustados en tierra.