Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Tras el fragor de la batalla, el campo queda lleno de cadáveres, sangre, gemidos, y multitud de objetos que acompañaban a las tropas, soldados y caballos. Armaduras, banderas, escudos, tambores, celadas, añafiles, cascos y lanzas quedaban esparcidos por el terreno, testigos de lo sucedido. Hoy vemos estos objetos en museos y en vitrinas, incólumes, limpios y restaurados, descontextualizados de su violento origen y admirados por la belleza de su factura. En el mundo medieval las batallas eran frecuentes; en España las hubo civiles, y entre cristianos y musulmanes en ese difuso mundo de la frontera que separaba, y a veces unía, a dos culturas tan diferentes.
En el interior de las iglesias y mezquitas se exponían, mejor dicho colgaban, objetos militares u otros de carácter simbólico (campanas cristianas, yamures o remates de los alminares islámicos...) arrebatados a los enemigos, que recordaban las victorias del pasado y que a la postre servían para forjar una memoria colectiva triunfalista garante del futuro. Hoy resulta muy difícil recuperar semejante imagen. Todavía algunas mezquitas presentan en su interior antiguas campanas reconvertidas en lámparas, en cambio no hemos conservado en las iglesias ese espectáculo de colgaduras. Poemas, crónicas y relatos de viajeros nos recuerdan cómo los templos eran el punto final de la victoria militar obtenida. Tras recogerse los diferentes objetos en el campo de batalla, estos eran llevados en solemne procesión hasta el altar del templo más próximo, o en su caso más importante, donde eran ofrecidos a la divinidad a modo de exvotos, especialmente a la Virgen o a Cristo, en acción de gracias. A modo de ejemplo, en el Cantar de Mio Cid (vv. 1664-1668) se nos recuerda cómo el héroe castellano antes de comenzar una de las batallas contra los almorávides junto a Valencia, viendo asustada a su mujer por el gran ruido de tambores que traían las tropas norteafricanas al acercarse a la ciudad, le dice:
—Non ayades miedo, ca todo es vuestra pro,
antes d’estos quinze días, si ploguiere al Criador,
aquellos atamores a vós los pondrán delant e veredes quáles son,
desí an a ser del obispo don Jerónimo,
colgarlos han en Santa María, madre del Criador.