Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
La tabla relata un milagro de Santo Domingo de Guzmán (m. 1221), fundador de la Orden de los Predicadores o Dominicos con la que pretendía combatir la herejía y el error mediante la palabra y las obras. Procede del monasterio de Santo Tomás de Ávila, fundado en 1479 gracias al legado de Hernán Núñez de Arnalte y levantado bajo el patrocinio de fray Tomás de Torquemada y de los Reyes Católicos. Debido a la intervención de este religioso, inquisidor general desde 1482, la fundación se vio estrechamente vinculada al recién creado Santo Oficio. El espléndido edificio se convirtió en hospedería real y en un lugar de prestigio para la Inquisición, hasta el punto de que Torquemada hizo que los sambenitos de los condenados en Ávila se colgaran de sus bóvedas en vez de hacerlo en la catedral. El Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Pedro Berruguete (ca. 1450-ca. 1504) y otra tabla ya comentada en esta sección, La Virgen de los Reyes Católicos, de autor anónimo, no formaban parte de un retablo sino que posiblemente fueron encargadas para ilustrar y respaldar la labor de la Inquisición y vincularla con el propio santo fundador de la orden dominica. Berruguete sitúa el milagro de Santo Domingo de Guzmán (quien salva a un hereje llamado Raimundo de la hoguera) en un decorado de la época, uno de los autos de fe que podían presenciarse en torno a 1480 en cualquier ciudad hispana. En el siglo xiii no existía la Inquisición pero se aplicaban las mismas penas.
La pintura muestra cómo se desarrollaban estas aparatosas y poco edificantes celebraciones cuyo fin primordial era exaltar la fe así como conmocionar y amedrentar al pueblo. Cuando se habían acumulado varios procesos, el tribunal relajaba a los reos, es decir, los entregaba al brazo secular, y se oficiaba el auto. La tarde anterior una procesión llamada de la Cruz Verde recorría las calles hasta el estrado de la plaza donde iba a celebrar el auto y se colocaba sobre el altar dicha cruz, símbolo de la Inquisición. Otra cruz blanca se llevaba al quemadero, que solía estar a las afueras. Antes del alba se hacía una misa y salía una nueva procesión encabezada por los Soldados de la Zarza y una cruz, seguidos de los condenados, sus familiares y los inquisidores. Tras el sermón, ya en el escenario, dos personas iban leyendo las sentencias alternativamente, mientras un alguacil presentaba ante el tribunal al reo. Éste podía entonces abjurar y reconciliarse, de manera que si estaba condenado a la pena máxima le hacían «la gracia» de ser estrangulado al garrote antes de ser quemado en la hoguera, como se ve en el cuadro. Para faltas menores, la condena era llevar un sambenito con el letrero «condenado herético» para sufrir la mofa y el escarnio públicos, o bien la cárcel, las galeras o el exilio. Al día siguiente se ejecutaban las sentencias. En sus primeros años (1480-1485), la Inquisición fue de extremo rigor y tuvo gran impacto social, pero tampoco parece que aventajara en crueldad ni en número de procesados a la justicia secular o a la persecución de las herejías y brujas en el resto de la Europa medieval y moderna. Las torturas y las condenas a la hoguera eran demasiado comunes en todas partes.