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Viernes, 1 de agosto de 2003

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Música y escena

Héctor Tosar

Por Carlos Barreiro Ortiz

La generación a la cual pertenece el compositor uruguayo Héctor Tosar (Montevideo, 1923), tuvo gran dificultad en establecer un perfil estilístico y duradero, afirma el músico Coriún Aharonián en el libro escrito sobre su colega y compatriota, y publicado en 1991. A grandes rasgos —escribe Aharonián— «...es una generación de silencio y resistencia contra los modelos metropolitanos...», impuestos en diversos períodos de la compleja evolución política y social del Uruguay. En este contexto, Tosar construyó su concepción estética en un estado de aislamiento casi total, que él mismo certifica: «Lo de la soledad es muy cierto. No había nadie». Tosar se inicia en la música en 1935 como estudiante de piano. Tres años después, incursiona en la composición orientado por Lamberto Boldi quien será uno de los apoyos más visibles en una temprana carrera musical que, muy pronto, lo hará desistir de sus estudios de Derecho. En su primera pieza para orquesta —Toccatta, fechada en 1940—, se advierten los rasgos de su perfil musical que desarrollará sin prisa, a base de continuos cuestionamientos y períodos de negación absoluta del ejercicio de composición.

Características singulares que pueden resumirse en un arduo trabajo de estructura y detalles que proyecta en atmósferas de expresión ruda y penetrante. Los primeros amores del compositor se orientan hacia Ravel y Debussy. Luego aparecerá Stravinsky con sus primeras obras que, de manera fácil, lo llevarán hacia el clasicismo, al cual aplicará su personal juego de superposición de planos melódicos autónomos. De este periodo, Tosar prefiere la Toccatta por el empuje y la vitalidad que proyecta, y por un concepto intuitivo de tonalidad enriquecida con procesos más complejos. «En esa época —recuerda— yo ni soñaba con la atonalidad. Ni la concebía. Schoenberg ni existía para mí». En 1944, Tosar compone Salmo para soprano, coro y orquesta que descubre una tendencia dramática teñida de expresionismo como complemento adecuado a su personalidad musical. El primer contacto significativo de Tosar con el exterior ocurre en 1946-1947 cuando es invitado a Tanglewood y estudia allí primero con Copland y luego con Honegger y Koussevitzky. En 1948, viaja a París en donde durante tres años estudiará con Honegger y Milhaud, y perfeccionará sus prácticas de dirección de orquesta. Allí compone la Sinfonía n.º 2 obra de construcción rigurosa que trata de poner en orden el lenguaje en ebullición de un compositor de 27 años («Es esta una de mis obras fundamentales»).

Cuando Tosar regresa al Uruguay en 1951, enfrenta una situación de vacío que se extenderá por toda la década. No existen músicos reconocidos de su propia generación y sus contactos en el exterior serán escasos. De este período de incertidumbre artística y económica surgirá la Sinfonía concertante para piano y orquesta (1957-59) en donde introduce de manera fugaz ritmos y temas latinoamericanos, y el Salmo 102 en el que reafirma el lirismo intenso, así como piezas para piano, canciones y una Oda a Artigas héroe nacional uruguayo. Cuando Tosar escribe el Te Deum en 1960 parece abandonar el campo de la tonalidad sin llegar a ingresar al dodecafonismo («Siempre debe haber un mínimo de tonalidad»). A propósito de los cambios que se operan en la década de 1960 en el campo internacional y, que de manera tardía, llegan a América latina, Tosar afirma en una entrevista que es necesario mantener una «...actitud estética», alejada del tecnicismo exagerado, del intelectualismo, manteniendo siempre nuestra natural tendencia hacia «...la claridad, la simplicidad, la espontaneidad». En su caso personal, Tosar busca la mayor expresividad como el mejor camino de comunicación. En 1968, Tosar hace parte del grupo de músicos y simpatizantes que en Montevideo crea el Núcleo Música Nueva que ha sido decisivo en la difusión, creación y análisis de repertorio actual. El lapso 1964-69 se plantea como un «agujero» compositivo en el trabajo del músico uruguayo. Se sentirá empujado por una necesidad de revisión de su lenguaje. De allí proviene la serie Reflejos para diversos grupos instrumentales y el reencuentro definitivo con el piano. Lo de ahora, es una experiencia con equipos electrónicos y su capacidad de crear timbres, alternativa que plantea retos nuevos para el compositor de hoy. A Tosar le abrió un sendero en la aplicación de su idea de grupos de sonido como ocurre en La gran flauta (1988), en donde recrea materiales de carácter instrumental. Pero Tosar no se deja deslumbrar. Para este compositor uruguayo, activista y maestro, y quien asegura que el piano es su instrumento, la música estará siempre antes que la tecnología.

Discografía

  1. Gandhara (Diferenciassobre Si bemol-Mi), Eduardo Fernández, guitarra; Gran Bretaña, 1989.
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