Centro Virtual Cervantes

Rinconete > Arte
Martes, 27 de agosto de 2002

Rinconete

Buscar en Rinconete

ARTE / Claroscuro

Grupo de San Ildefonso

Por Marta Poza Yagüe

Los artistas romanos de comienzos del siglo i d. C. se sintieron especialmente fascinados por las grandes obras escultóricas de la Grecia Antigua. Buena prueba de ello son las innumerables copias que se realizaron en estos momentos de originales griegos que, perdidos en la actualidad, podemos conocer hoy gracias a estas reproducciones romanas. Y no sólo se limitaron a copiarlas, sino que, en ocasiones, también trataron de imitar su estilo.

Como ejemplo, el denominado Grupo de San Ildefonso parece un ejercicio en el que se sintetizaron, de un modo un tanto ecléctico, las principales tendencias de la escultura ateniense del período clásico (siglos v-iv a. C.). De las tres figuras que lo integran, la pequeña imagen del extremo derecho, sin duda la representación de una diosa, es el exponente de la etapa más arcaizante. Su frontalidad y volúmenes rotundos, más cercanos a concepciones arquitectónicas que escultóricas, nos hacen pensar en las efigies de Palas Atenea creadas por Fidias o, aún mejor, en las cariátides del Erecteion de la Acrópolis de Atenas. A su lado, y de mayor tamaño, dos jóvenes que encarnan, respectivamente, los cánones de belleza ideados por Policleto en el siglo v (el de la derecha, junto a la diosa), y por Praxíteles en el iv (el del extremo izquierdo). Huyendo de la visión frontal anterior, están pensados ya para ser rodeados ofreciendo al espectador diferentes matices según el punto de vista que se elija.

El mismo criterio helenizante fue el que debió de regir al restaurador que en el siglo xvii decidió sustituir la cabeza perdida del personaje de la izquierda, por otra de Antínoo, tallada en el primer tercio de la segunda centuria, en otro de los momentos de mayor vigencia de la cultura griega en el Imperio Romano: el gobierno de Adriano.

Más complicado se presenta tratar de identificar el tema escogido. La mitología griega abundó en las asociaciones de dos personajes unidos, bien por vínculos de amistad, bien por lazos fraternales. Así, éstos han sido relacionados sucesivamente tanto con Cástor y Pólux (los gemelos que dieron lugar a la constelación de Géminis), ofreciendo un sacrificio a la diosa Perséfone; como con Orestes y Pílades, encargados de recuperar una estatua de Artemisa que se encontraba en Táuride para llevarla de vuelta a Atenas.

Por su belleza, se convirtió en una de las piezas más deseadas de los coleccionistas en la Edad Moderna. Propiedad del cardenal Massimi, a su muerte se disputan su posesión Cristina de Suecia y el marqués del Carpio, embajador en aquellos momentos de Carlos II en la corte del papa Inocencio XI. Adquirida finalmente por la reina al precio de 1.000 escudos, acabará de todos modos en España tan sólo unas décadas más tarde cuando, en 1724, Felipe V compra toda la colección de Cristina a su entonces propietario, Baldassare Odescalchi. Destinada a la decoración del Palacio de la Granja de San Ildefonso, de donde tomará su nombre, pasará en 1829 al Museo del Prado.

Ver todos los artículos de «Claroscuro»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es