ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
«Maldito sea Amor, que me asesina. Teñid de muerte el Nilo. Poned de luto las nubes. Convertid Egipto en un sepulcro». Así hablaba Cleopatra, por boca del escritor Terenci Moix, herida por la marcha de Marco Antonio a Roma. La Historia, con todas las leyendas y las manipulaciones que lleva a menudo asociadas, nos ha brindado bellos relatos de ambición, de rivalidad y de amor como este que nos ocupa, un amor que la cultura «occidental» ha idealizado y recordado siempre. La pasión que unió a la egipcia Cleopatra y al romano Marco Antonio en el siglo I a. C. forma parte de nuestro bagaje cultural y sentimental gracias a las miles de recreaciones que se han hecho de ella desde entonces, en prosa, en verso, en imágenes pictóricas y cinematográficas. Al igual que los famosos amores literarios de Dido y Eneas, de Romeo y Julieta, de los amantes de Teruel o de Machnún y Laila, el amor de Cleopatra y Marco Antonio se alimentó de imposibles, ausencias y abandonos, en una relación trágicamente marcada por unos destinos comprometidos de antemano. En todas esas historias el suicidio se revela como la única salida para el amante, a quien la fatalidad le ha arrebatado su enamorado. Egipto fue el lugar del encuentro y de la pasión de Cleopatra y Marco Antonio; Alejandría, la ciudad cantada por Cavafis y Durrell, fue el escenario de su derrota y de su suicidio, de su muerte por amor y pundonor:
No te engañes
no digas que fue un sueño[...] como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
[...] y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.(Cavafis, «El dios abandona a Antonio»)
Según la leyenda que se extendió por Roma y que ha perdurado hasta hoy, la reina Cleopatra, al ver muerto a su amado y perder Alejandría, se suicida con el veneno de una serpiente. Así imaginaba la escena Calderón de la Barca:
Y asiendo un áspid mortal
de las flores de un jardín,
dijo: «Si otro de metal
dio a Antonio trágico fin,
tú serás vivo puñal
de mi pecho; aunque sospecho
que no moriré, a despecho
de un áspid, pues en rigor
no hay áspid como el amor,
y ha días que está en mi pecho».
Y él con la sed venenosa
hidrópicamente bebe,
cebado en Cleopatra hermosa,
cristal que exprimió la nieve,
sangre que vertió la rosa.(El mayor monstruo del mundo, I, 464)
Y así le dio forma y color el pintor boloñés Guido Reni (1575-1642). Esta delicada y sensual Cleopatra es un lienzo de su última etapa, cuando se acusa en su obra cierto sentimentalismo y una honda melancolía cargada de lirismo. Al mismo tiempo, su técnica evolucionó hacia un cromatismo nuevo, hacia una pincelada más empastada, todo ello de gran modernidad.