Literatura
Por Guadalupe Grande
Aunque sólo fuera por lo inusitado, lo ecléctico y lo desbordante de su obra, la poesía de Justo Alejo merecería haber tenido, al menos, un espacio congruente con la desaforada aventura que se propuso. Justo Alejo poseyó uno de esos espíritus que se entregan a su solitaria especificidad con una vehemencia y un arrojo dignos del explorador más aguerrido. Alejo fue un vanguardista apegado a las raíces, uno de esos extraños vanguardistas que llega a la ruptura desde el respeto a la tradición, y que se vincula a ella no por espíritu de novedad, sino como una forma necesaria del diálogo con su época.
Ecléctico y furioso, pobre y universitario, preocupado por la ética y por la estética, su poesía se publicó, en su mayoría, en editoriales muy minoritarias, en ediciones de autor o en los Pliegos del Cordel Vallisoletanos, o quedó inédita hasta que en 1997 la Fundación Jorge Guillén publicó su poesía completa en edición de Antonio Piedra. A pesar de esta edición, cuidadísima por otra parte, la poesía de Justo Alejo sigue siendo casi secreta.
Justo Alejo Arenal, hijo de madre soltera, nació en Formariz de Sayago (Zamora) en 1935. Fue ferroviario y carpintero. Estudió Magisterio, Filología, Psicología, Pedagogía y Ciencias Políticas y Sociología. Se casó, tuvo un hijo al que llamó Alí y en 1979, se suicidó arrojándose desde el cuarto piso de su oficina del Ministerio del Aire. En ese escaso tiempo, escribió quince libros de poemas, colaboró regularmente en la prensa, realizó estudios e investigaciones de corte sociológico, antropológico y folclórico, escribió algunos guiones cinematográficos y tradujo poemas de Nazim Hikmet, Nguyen Ai Quoc (Ho Chi Min) y Mario de Sá-Carneiro. Quizá estos someros datos puedan aproximarnos su poesía heterogénea e intensa, una poesía abarcadora y en fuga a un tiempo. Sin embargo, desde su aventura estética y a pesar de su aparente dispersión, la poesía de Justo Alejo orbitó siempre en torno a un diálogo y dos heridas: el diálogo fue una permanente y admirada conversación con la poesía, con la historia de la poesía en castellano (de Machado a Vallejo —sobre todo Vallejo, el césar a quien admiró en cada palabra—, del Cancionero a Manrique, del Siglo de Oro a Lorca); a la vez, de este diálogo se abrió una herida: el desaliento ante la progresiva pérdida de la capacidad de convocatoria del lenguaje: «Sin poder comulgar con la palabra, / reventando de soledad y hastío / y preñados de amor, más que otra cosa». En parte, su poesía más vanguardista, esa poesía visual y desestructurada que descomponía las palabras y quebraba las líneas, proviene de ese desaliento, de ese esfuerzo feroz por intentar recuperar la vividura de las palabras. Pero su herida más constante, la que lo acompaño del primero al último de sus libros, fue su conciencia ética y moral, su profunda disconformidad con el destino de los relegados: «Obrero que caíste, sin alas, desde el piso /cuarto de este edificio. / Hermano, estás bien muerto y nadie te recuerda./ La casa está bien hecha».
Justo Alejo fue un hombre abrumado, tanto vital como éticamente, y esa angustia conllevó una plasmación estética, una actitud moral, una temperatura de la conciencia. Por otra parte, Alejo fue uno de los primeros poetas en advertir el uso y abuso que el lenguaje publicitario estaba ejerciendo sobre el lenguaje poético y uno de los primeros en parodiar ese pseudolenguaje para acometer una delación airada y herida.
Estigmatizado inicialmente como una especie de nuevo Miguel Hernández (tanto por su extracción social como por su devoción por los clásicos) con veleidades vanguardistas, pocos prestaron algún interés a una obra extrema, ecléctica, incómoda y difícil de abarcar y situar en los manuales literarios, y en general fue tratado con cierto paternalismo, como si la extracción humilde fuera sinónimo de sufrir de ingenuidad. Pero la vehemencia no descansa, la vehemencia que habita estos poemas sigue diciendo su palabra: un palabra airada y solidaria, una palabra equilibrista y emocionada, qué más da, sí, emocionada, emocionada.
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«porque una cosa es predicar y otra dar trigo»
L. P.
Algunas veces he sentido el deseo de publicar en blanco (¿hermosos?) libros de versos ... en blanco ... Páginas abiertas de espléndida nitidez. Silenciosas al tacto, sonoras al oído ... El viento las conmueve y suenan ... suenan ... clamorosamente ...
... era una tarde ...
era un mañana
abiertas
era, era ...
«Porque escribir es viento fugitivo.»
O bien
como el amigo cuenta
hacer ahora una señal pequeña,
abrir un fósforo
y dar antes de abrirlas
al fuego
estas hojas escasas.
Una luz diminuta,
unas cenizas,
un gran descanso a todos
y
una obra.
Sobre la página en sombra de la NOCHE
una LUZ
gota escasa
HOY
ciego
hablo(Tomado de Alaciar.)