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Martes, 13 de agosto de 2002

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ARTE / Claroscuro

Ganímedes

Por Marta Poza Yagüe

Amante prolífico, Zeus, el Padre de los Dioses, acostumbra a seducir metamorfoseado bajo una apariencia distinta a la suya propia. Así, se convierte en sátiro para poseer a la ninfa Antíope; cae en forma en lluvia de oro para hacer lo propio con Dánae; toma el aspecto de un toro para raptar a Europa; se transforma en nube para unirse a Ío; o en un cisne, para seducir a Leda.

También cuenta la mitología cómo, atraído por la sensualidad del joven Ganímedes, «el más bello entre los mortales», resolvió secuestrarlo mientras cuidaba de los rebaños de su padre junto a la ciudad de Troya. En esta ocasión, Zeus eligió la forma de un águila. Según nos cuenta Virgilio en la Eneida: «volando, el águila de Júpiter lo arrebata hacia las nubes, mientras en vano sus provectos ayos tienden las manos al cielo, y los ladridos de los perros parecen encenderse en el aire». Una vez en el Olimpo, lo libró de la vejez y de la muerte y lo nombró su copero. Por estos hechos, su historia fue moralizante en el Renacimiento, ya que se convierte en alegoría cristiana de la elevación del alma y del espíritu por encima de lo material, para quien quiera dedicarse al servicio divino.

El tema fue representado frecuentemente por la escultura greco-romana. Entre ellos, el grupo del Prado muestra de modo sintético, en una única escena, todos los elementos propios de la iconografía de este personaje. Efigiado como un joven desnudo, con gorro frigio y abundante melena rizada, el cayado que sostiene con su mano izquierda y el perro situado a sus pies pueden llevar a pensar que nos encontramos en el momento previo al rapto, cuando el joven pastor está todavía cuidando de su rebaño. Sin embargo, su rostro girado hacia la enorme águila que se dispone a sus espaldas, hasta la que alcanza una copa ofreciéndole bebida, nos sitúan en un momento posterior, cuando ya en el Olimpo ha sido nombrado escanciador de los dioses.

La pieza perteneció al marqués del Carpio, quien la adquirió en 1677 en Roma en la almoneda celebrada tras la muerte del cardenal Massimi. Como el resto de su colección, fue donada por la Casa de Alba, hacia 1728, a Felipe V e Isabel de Farnesio. Ingresará en el Prado en el siglo xix.

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