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Viernes, 31 de agosto de 2001

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Cine y televisión

Una profesión de repuesto

Por Lisandro Duque Naranjo

Hace unos días, en la clausura de un taller de apreciación cinematográfica en Bucaramanga, Colombia, uno de los alumnos me obsequió una billetera de cuero con mi nombre tallado en caracteres dorados. «Yo trabajo el cuero. De esto vivo», me dijo. No es la primera vez que eso me ocurre: He conocido pintores que derivan su sustento de amansar caballos. Teatreros que tramitan pases de conductor en las ventanillas de circulación y tránsito. Balletistas que son profesores de matemáticas. Hombres de letras que para hacer circular su escritura, se convierten en vendedores y cobradores de los avisos que deben publicar en las contratapas de sus libros luego de peregrinajes humillantes por imprentas departamentales y de lobbies por directorios políticos, despachos de diputados y mesas de tinto de gamonales. En provincia, sobre todo, donde el arte es juzgado como vagancia o mariconería, el artista es un anfibio. En las ciudades también, pero en ellas hay más maneras de disimularlo y más recovecos donde esconderse para no ser pillado en la prosa del rebusque, cosa que se pueda mantener la honra de ciudadano estrictamente aplicado a los asuntos de la creación.

Se podrían hacer crónicas por docenas sobre la picaresca del hibridaje del artista. Hay un poema de Óscar Piedrahita que dice: «No es lo mismo un panadero que haga poesía, que un poeta que haga pan». Yo no sé quién era mejor para Piedrahita, o si a él le parecían de más jerarquía algunos panes que saben a gloria que determinados poemas que se queman en la puerta del horno. Lo cierto es que él, de todas maneras, era supervisor de la Cervecería Bavaria en Armenia. ¿Hubo espuma en sus versos? ¿Fueron agrios?

Jotamario, el poeta, es publicista y creo que hace poco se jubiló como ejecutivo de cuenta en Sancho no en Don Quijote que es nombre de papelería o de restaurante de barrio. A Luis Vidales, el autor de este verso: «A través de los microscopios, los insectos contemplan los ojos de los sabios», le tocó hacer sonar los timbres de salida y de entrada, marcando tarjeta durante treinta años como asalariado del Departamento Nacional de Estadística. Álvaro Mutis fue locutor y distribuyó películas. Eisenstein fue ingeniero.

Al arte, pues, en cualquier país latinoamericano, no le cae mal una profesión de repuesto. Se corre, sin embargo, el riesgo de que algunas gentes quisquillosas se lo recriminen a quien la tiene. A un amigo mío, literato de origen pero cineasta de oficio, cada vez que hace una película hay quienes le proponen más bien reinsertarse al mundo de las palabras. Y cada vez que escribe, sobran los que solicitan su inmediata extradición a la pantalla. Con amargura, este amigo me dijo alguna vez a propósito de sus detractores:

Qué vaina: varias artes se disputan mi pasión, pero cada una para recordarme que yo pertenezco a la siguiente, como si se tratara de ventanillas de catastro en las que debo solicitar un paz y salvo predial. Y eso que todavía no se sabe que cultivo otras artes en secreto.

Yo, para levantarle el ánimo e inducirlo a que perseverara en su versatilidad y renacentismo, le dije que todos teníamos derecho a pernoctar en musas distintas y a irnos por entre las tiendas de las artes. Que no se dejara joder. Y siguió el consejo y hasta se volvió cínico. Hace poco me envió un libro suyo de cuentos con la siguiente dedicatoria, que por lo menos quiere decir que la buena prosa no le es esquiva:

Querido amigo: a quienes me quieren enseñar cuál es mi lugar exacto en las artes, les fusilo una frase de Alberto Lleras Camargo cuando se retiró de la política para dedicarse a la literatura: «Puede que con mi traslado del cine a la literatura, aquel no pierda gran cosa, pero en todo caso esta tampoco es que gane mucho».

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