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Miércoles, 23 de agosto de 2000

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Literatura

Prólogos y comentarios

Por José Jiménez Lozano

Prólogo es desde siempre un atrio o presentación de una escritura, y parecería sencilla cosa desde luego, y más bien un honor, si el prólogo está escrito por persona distinta del autor del libro. Y un ofrecimiento generoso, si es el propio autor el que prologa. Pero esto de los prólogos ya era cosa puesta a barato cuando el señor Miguel de Cervantes escribía, y ciertamente bien que la burló en sus dos prólogos a la primera y segunda parte de El Quijote, mientras que en El Persiles nos entregó el más maravilloso de los prólogos, escrito a una semana de su muerte y previendo ésta.

Mal que bien, sin embargo, el lector sigue acudiendo a los prólogos para saber a qué atenerse respecto a un libro. Allí, en aquel atrio, espera que se le presenten al autor o su escritura, o a ambos, con sencillez y claridad, recomendación, amor incluso, puesto que con ambos —autor y escritura— va a convivir el tiempo de la lectura del libro al menos, o quizás para siempre. Así que el prologuista es digno de mucho agradecimiento.

Lo que pasa es que los prólogos de ahora mismo están casi siempre escritos de manera doctoral y magisterial. El prologuista se sienta en un tribunal, y discurre y dictamina en una jerga complicada e ininteligible, de manera que el pobre lector se desanima, y duda en entrar en aquél recinto, que se le presenta como una intrincada selva o un laberinto de oro. ¿No se perderá?

Un texto literario se lee, desde luego, buscando allí otras vidas que la propia pequeña vida, o mares y océanos, y para ver y oír historias de hombre, y sobre todo una casa para ampararnos. De este modo, si no nos saltásemos muchos prólogos, nos perderíamos todo aquello y no entraríamos en la casa que relamente puede ser el libro.

Pero hay también post-facios o post scripta, o prólogos como comentarios, que van detrás del texto, con frecuencia en un tono humildísimo. Y son también como la conversación en el atrio del libro, pero a la salida; y es muy otra cosa, ciertamente. Quizás son los verdaderos prólogos.

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