Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Este cuadro, una de las joyas del Renacimiento español, fue pintado entre 1502 y 1510 por Fernando Yáñez, un pintor de humildes orígenes, nacido en un lugar de La Mancha llamado La Almedina. Casi nada sabemos de su vida pero parece seguro que viajó a Italia y estuvo en contacto con Leonardo da Vinci. Así lo manifiesta claramente la delicadeza de esta imponente figura de Santa Catalina, considerada como una reencarnación de la Gioconda aunque vestida con telas moriscas. Al volver de Italia, hacia 1506, Yáñez se instaló en Valencia, donde trabajó con otro pintor de formación italiana, Fernando de los Llanos; trabajó después en Barcelona y en Cuenca, y en esta última ciudad se pierde su rastro.
Algunos detalles de sus obras y la región de nacimiento han dado pie a pensar que Fernando Yáñez fuera de origen morisco. Así se llamaba en la España cristiana a los musulmanes que se habían convertido al cristianismo, y que al parecer eran numerosos en pueblos manchegos como La Almedina. Muchos de los personajes de sus cuadros, como esta Santa Catalina, están ataviados con espléndidos trajes de seda nazarí. El colorido, los motivos y el diseño, así como las franjas y cartelas con letreros en árabe nos llevan a los talleres de tejidos del reino nazarí de Granada de los siglos xiv y xv. Tanto en la ciudad de Málaga como en la propia Granada existían industrias especializadas en este tipo de sedas, admiradas y solicitadas desde todos los rincones de la Península e incluso de fuera de ella (Italia por ejemplo). No sólo las damas y princesas granadinas vestían lujosas telas, camisas bordadas en oro y cinturones y cofias de oro y plata. Como ellas, también en la España cristiana las personas de alto linaje usaban las bellas sedas nazaríes, incluso para sus mortajas. En 1502, años después de la conquista de Granada, un viajero describe al rey Fernando el Católico, al príncipe Felipe el Hermoso y a su séquito vestidos todos «a la morisca». Vemos por lo tanto que estas telas eran muy comunes en la España cristiana, y siguieron siéndolo durante el siglo xvi. Hacia 1567, sin embargo, se obligó a los moriscos a vestirse a la castellana y se prohibió fabricar determinadas piezas de su atuendo, como los almaizares (unos velos de seda con bandas de colores) o las almalafas (mantos de lino). Al ropaje de Santa Catalina se suma otro detalle de sabor local en el fondo arquitectónico del cuadro. Tras el primer plano de mármoles de inspiración italiana, aparecen las paredes de un edificio construido en ladrillo, algo muy común en la Castilla del xv y xvi.