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Miércoles, 16 de agosto de 2000

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Literatura

Escuelas de verano

Por José Jiménez Lozano

De este asunto de «las escuelas de verano» hay dos versiones. Una de ellas, antiquísima, la de los estudiantes que tenían que estudiar en verano porque no habían aprobado; y quien más quien menos todos hemos pasado por ahí: desde los tiempos mesopotámicos (de los que no hace mucho se encontró un óstraco, que es una carta de un padre de familia recomendando al maestro que metiese en vereda a su hijo durante el verano). Pero éstas son cosas que ocurrían, desde luego, antes de las nuevas pedagogías.

La otra versión es la de las escuelas y universidades que funcionan en verano, que es un invento de los años veinte y treinta, más o menos, y está muy bien —si está muy bien, claro está—. Y, en último término, la idea primigenia y central es la que el maestro fray Luis de León puso a la cabeza de Los nombres de Cristo como razón de su escritura: el retiro «como a puerto sabroso, a la soledad de una granja» con «una huerta grande» y «bien poblada de árboles» bajo los que pasear y gozar del frescor, y luego sentarse juntos «a la sombra de unas parras junto a la corriente de una pequeña fuente», para hablar: tener diálogos socráticos, en suma.

«Algunos hay —sigue diciendo el maestro León— a quienes la vista del campo los enmudece, y debe de ser condición de espíritus de entendimiento profundo; mas yo, como los pájaros, en viendo lo verde, deseo cantar o hablar». Y claro está que, hoy, las escuelas de verano se hacen, más bien, en aulas refrigeradas, y que la parra y los árboles han sido sustituidos por las terrazas de las cafeterías; pero lo importante es que de todo esto salga algo así como Los nombres de Cristo, naturalmente.

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