Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
No es para dejar en paz el tema, sino a los lectores, que concluyo esta catilinaria contra la cohabitación entre el cine y la literatura, invocando unas últimas incompatibilidades estructurales entre ambos lenguajes.
El lector de una novela establece con ella una relación íntima, irrepetible y solitaria. La lectura es un acto soberano en el que ni siquiera cuando se trata de uno de esos best-sellers que los está leyendo todo el mundo al mismo tiempo, nadie va por el mismo renglón o la misma página que el resto. El espectador de una película, en cambio, está asistiendo entre quinientos desconocidos más al mismo momento de la historia, en una especie de liturgia colectiva.
El espacio, en la literatura, es también relato. Componente activo animado por las palabras que muchas veces opera en la partitura como movimiento autónomo ejecutado por un instrumento primo. En el cine, en cambio, es el entorno escenográfico simultáneo a la historia, obligado a interactuar coralmente, impedido de ser solista. Los biombos japoneses, por ejemplo, que Marcel Proust describe en A la búsqueda del tiempo perdido, y que le sirven para hacer una irónica reflexión sobre la cultura decimonónica francesa tan propensa en sus salones burgueses al esnobismo tercermundista, en la película homónima de Shlendorff lograron apenas ser una alusión visual secundaria carente del énfasis que los mismos le merecieron al escritor, so pena, si el director se hubiera regodeado en ellos con largueza, de haberle metido un palo entre las ruedas al relato audiovisual.
Respecto al tiempo en que se conjugan las obras literarias y las películas, existe un hecho indescifrable que convierte a una obra literaria, aunque trate sobre el año 2050, en algo que ya pasó, mientras que a una película, aunque sea sobre el medioevo, la convierte en algo que apenas está ocurriendo. El lector reflexiona sobre el hecho. El espectador lo vive. Pio Baldelli sintetiza así este misterio: «Por más que el escritor pueda verter su narración al presente del indicativo, el suyo será siempre un presente histórico: lo que él relata, ha ocurrido ya. Esto significa que en la novela la vida es indefectiblemente revivida, mientras que en el filme es captada en su devenir real. Lo que sucede en el film sucede en el preciso momento en que está sucediendo». Los perfumes huelen bien, pero saben maluco. Hay frutas que, al gusto, fascinan, pero que al tacto son pegachentas. Lo que se diseña para satisfacer uno de los cinco sentidos, puede ser irritante para cualquiera de los otros cuatro. Es un asunto de textura, de densidad, de composición química. De igual forma, lo que es sublime como lectura, de pronto es ridículo como presencia visual, lo que es fluido como concepto puede llegar a ser forzado como concreción sonora, lo que le transmite emoción a la mente puede convertirse en gazapo cuando le llega al ojo, etc.
Es posible que en mi inventario sobre las relaciones entre los dos lenguajes, me haya pasado de escéptico. Ni siquiera me permití detenerme en algunas películas como El gatopardo, a la que se le atribuye la virtud de ser una excepción a la regla. Ni en todos los Tarzanes, Dráculas y Frankesteins, que siendo grandes obras literarias, emigraron al cine y demostraron ser anfibias, pues en el hábitat de la pantalla no se han asfixiado. De todas maneras los invito a que las lean para que, aunque las hayan visto ya como películas, asistan a verdaderas revelaciones. En estos casos, además, es posible decir que aunque el aceite y el agua nunca se integran, a veces su proximidad logra el milagro de la policromía.