Literatura
Por José Jiménez Lozano
Es muy curioso, y puede parecer extraño, pero lo tengo comprobado: a una buena parte de los visitantes del Museo del Prado, estos días de fraudes y trapisondas con los alimentos —hasta con la coca cola, que es casi como la estatua de la Libertad de Nueva York, enlatada o embotellada—, tras los cuadros que más se les van los ojos es tras los bodegones. Y no digo nada si estuviese aquí la Vieja friendo huevos de Velázquez. Yo creo que dentro de no mucho, al paso que vamos, reproducciones de ese cuadro y de los bodegones van a colgarse en las casas, como memoria de los tiempos tranquilos y felices, como un cuadro de Constable, una iglesia de Saenredam, o cualquier interior holandés, que en realidad dan más silencio a una estancia que las sofisticadas capas de aislante que utilizan los nuevos métodos de construcción de edificios.
Don Ramón Carande, el gran historiador de la economía en tiempo de Carlos V, contaba que en los años cuarenta, épicos realmente en cuestiones gastronómicas, hizo con otros investigadores un viaje a Toledo y que lo primero que hicieron al llegar allí fue dar una vuelta por la Plaza antes de pasar a ver papeles; entonces divisaron desde lejos una tortilla en el escaparate de un bar, y allí se fueron rápidamente. Pero cuando llegaron lo que vieron fue, pro dolor, que encima de la tortilla había un letrero en el que estaba escrito: «Vendida». Así que, con esta impresión, como si hubieran ya hecho mucho camino en la investigación de las economías del xvi.
Pero lo que puede ocurrir ahora es que, acerca de la tortilla, se nos informe —al igual que de otros alimentos y bebidas— de que la tortilla sabe a exquisita tortilla, pero no es una tortilla porque no tiene huevos ni patatas. Es un logro tecnológico sintético. Y hasta puede tener una gran éxito comercial, e imponerse incluso. El único problema, creo yo, sería pintar con ella un bodegón. ¿Cómo se arreglarían, por ejemplo, Sánchez Cotán o Zurbarán? No es fácil imaginarlo.
Decididamente, esto sería asunto de un bodegón abstracto. Necesariamente.