Literatura / Calderonianas
Por Lola Montero Reguera
Durante cuatro días del mes de agosto de 1581 se desarrolla el argumento de uno de los dramas más significativos de la literatura española: El alcalde de Zalamea. Las varias referencias del texto a las tropas que acompañaron a Felipe II para su coronación como rey de Portugal, en la ciudad de Lisboa, nos permiten datar con exactitud la acción de esta obra, de extraordinaria fuerza dramática. Fue editada por primera vez en 1651, como obra anónima, bajo el título de El garrote mejor dado, en el volumen colectivo El mejor de los mejores libros que ha salido de comedias nuevas (Alcalá de Henares: Tomás Alfay); tras otras varias ediciones, Juan de Vera Tassis lo publica en la Séptima parte de comedias del célebre poeta don Pedro Calderón de la Barca (Madrid: Francisco Sanz, 1683). Traemos hoy hasta Rinconete uno de los fragmentos más célebres de El alcalde de Zalamea: los consejos, de larga tradición en nuestra literatura, que el protagonista de la obra, Pedro Crespo, da a su hijo antes de que éste parta con el ejército:
- Crespo
- ... loco de tan buen capricho.
En tanto que se acomoda
el señor don Lope, hijo,
ante tu prima y tu hermana
escucha lo que te digo.
Por la gracia de Dios, Juan,
eres de linaje limpio
más que el sol, pero villano.
Lo uno y lo otro te digo:
aquello, porque no humilles
tanto tu orgullo y tu brío,
que dejes, desconfiado,
de aspirar con cuerdo arbitrio
a ser más; lo otro, porque
no vengas, desvanecido,
a ser menos. Igualmente
usa de entrambos disinios
con humildad, porque siendo
humilde, con recio juicio
acordarás lo mejor;
y como tal, en olvido
pondrás cosas que suceden
al revés en los altivos.
¡Cuántos, teniendo en el mundo
algún defeto consigo,
le han borrado por humildes!
Y ¡cuántos, que no han tenido
defeto, se le han hallado,
por estar ellos mal vistos!
Sé cortés sobremanera,
sé liberal y partido;
que el sombrero y el dinero
son los que hacen los amigos;
y no vale tanto el oro
que el sol engendra en el indio
suelo y que consume el mar,
como ser uno bienquisto.
No hables mal de las mujeres;
la más humilde, te digo
que es digna de estimación,
porque, al fin, dellas nacimos.
No riñas por cualquier cosa;
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
Aquesta escuela no es
la que ha de ser, pues colijo
que no ha de enseñarle a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir; que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.
Con esto, y con el dinero
que llevas para el camino,
y para hacer, en llegando
de asiento, un par de vestidos,
el amparo de don Lope
y mi bendición, yo fío
en Dios que tengo de verte
en otro puesto. Adiós, hijo;
que me enternezco en hablarte.Tomado de: Pedro Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea. Edición de José Montero Reguera, Madrid: Castalia Didáctica, 1996, págs. 124-126.